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De panderitos y otros demonios

02 de enero de 2009 - 07:05 p. m.

A LO LARGO DE LA CARRETERA QUE va desde Pereira hasta Chinchiná y sigue hacia Palestina se apostan los vendedores de los productos de la región.

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Un cuadro bastante familiar en las carreteras colombianas que consiste en unos mostradores de madera sostenidos sobre caballetes. Todos proponen lo mismo y pasan las horas igual, espantando el calorcito con golpes secos de una ruana al hombro, viendo a ver qué. En este caso ofrecen barriletes plásticos que contienen panderitos hechos con almidón de yuca muy tostados y blanquiaos de panela que lucen como una rosca dura lista para deshacerse en la boca. Cuento 20 tenderetes con idénticos productos en un trayecto de menos de 2 kilómetros. ¿Cómo desafía esta gente la competencia que se disputa a los clientes con una separación de apenas unos metros? Pregunto al paisa que me atiende en uno de los puestos elegido al azar para detenernos y solamente curva con una mueca las puntas de su bigote estrecho.

Bajando desde Bogotá hasta los pueblos calientes de Cundinamarca venden mandarinas envueltas en mallas naranjas y achiras en bolsas plásticas alargadas como fustas. Las tajadas de bocadillo con arequipe recalentadas por el clima y las totumas que contienen un manjar blanco de hace cien años ya son parte del paisaje porque puestico que se precie de serlo propone estos dos productos estelares en su repertorio, no importa en qué punto de la geografía colombiana te encuentres. En las carreteras de Boyacá hay arepas de maíz amarillo, envueltos en hojas de plátano y quesos blancos sin pasterizar. De nuevo los vendedores hacen guardia a lado y lado de la vía. ¿Cómo crece un comercio seguro al pie de carreteras polvorientas que en la mayoría de los casos son de una estrechez miedosa, de apenas dos carriles, uno por cada sentido, atravesadas por buses, camiones y un sinfín atronador de vehículos?

Cuando se habla de la malla vial del país escucho que sólo se hace referencia a cómo las protege la seguridad democrática y lo maluca que estaba antes de Uribe, pero nadie hace referencia a las dos preguntas anteriores que reflejan en parte el absurdo en el que nos encontramos de tanto en tanto. Parece no importar la noción de progreso ligado al desarrollo comercial y resulta un asunto menor el esquema de unas carreteras peligrosas e insalubres para quienes circulan por ellas o aguardan a su vera la llegada de clientes. Dos asuntos que debieran estar en la agenda de cualquier político pero que nadie parece ni reclamar ni atender.

Muerdo un panderito crujiente mientras le doy vueltas al tema. Delicioso este dulce caldense. Lo busco en hoteles y casas particulares de la región. No, no lo ofrecen. Como si no existieran, como si preguntara por una especie exótica. Tocará ir hasta la carretera para comprar más. Va la tercera pregunta, ¿nos interesa de veras, veras lo nacional como para darnos una pelea a fondo en defensa de crear para panderitos y similares el espacio auténtico que se merecen? En últimas reflejan la importancia que le damos a lo propio, lo que lleva el sello de la idiosincrasia regional.

Nota: quisiera un deseo para este año. Que varios temas, al estilo de los totumos, se descuelguen para siempre de este tronco llamado Colombia que sostenemos con gran esfuerzo. Con un golpe seco y definitivo, sin alargues ni esperas frustradas. Este fruto redondo que crece en las ramas de un árbol de hoja chica tiene una cáscara lisa y se va moteando a medida que el sol demuestra que el tiempo apremia. La reelección presidencial, las maldades hechas por esos individuos con alias que acaparan los titulares de nuestra prensa y la desconfianza generalizada que nos impide actuar de forma colectiva de verdad. Que se me cumpla.

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