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La república de los sueños

29 de agosto de 2008 - 09:35 p. m.

QUE NO SE MOLESTE NÉLIDA PIÑÓN si utilizo el título de su gruesa novela y algo del espíritu que la puebla: ese que anima a una familia a hacer todos los esfuerzos para lograr sus propósitos en una república que para la escritora queda en Brasil. La que yo conocí se la inventó el Padre Javier de Nicoló y no es ficción.

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Se llama Bosconia-La Florida y puede verse como un formidable ejercicio de ilusionismo para quienes se resisten a reconocer los estragos que el abandono causa en Colombia. Nadie ha podido contar bien cuántos niños y adultos viven en las calles del país. Se habla de centenas de miles.

El único que puede dar razón, sin embargo, de cuántos han encontrado una oportunidad para vivir dignamente, es este vigoroso hombre que con un temple inaudito ha entregado 50 de sus 80 años a construir una verdadera república de los sueños. Con un método asombroso por su simpleza y claridad, que consiste en respetar la libre voluntad y proveer un entorno cálido donde los muchachos de la calle además de educarse se vinculan a labores productivas, el padre Javier de Nicoló lidera una familia que nació oficialmente en 1967, alimentada por las amorosas enseñanzas del salesiano San Juan Bosco y que hoy cuenta con más de 45.000 miembros. Así de fuerte: si no hubiera sido por este timonel de origen italiano, el barco que llevaba a los primeros desvalidos de vuelta al hogar hubiera naufragado.

En Musarañas, el libro oficial del Programa publicado a comienzos de los setenta, los fundadores de este proyecto educativo, que nació para buscar una alternativa al método represivo que en la época se utilizaba para tratar con menores sin hogar e involucrados en consumo de drogas y hechos delictivos, se declaraba que “el gamín no nace sino que se hace”. Para evitar que esto sucediera, ahí estaban el padre Javier y la primera dinámica del Programa, la Operación Amistad, en la que los educadores salen a buscar a los muchachos en la calle. A partir de ahí todo lo que sucede es un derroche de imaginación.

Casas levantadas sobre enormes pilares para desafiar las aguas crecidas del Orinoco en el Parque Nacional de El Tuparro, escuela para los más pequeños en una finca instalada en medio de las selvas chocoanas de Acandí, mesas de noche unidas a las camas y sillas unidas a las mesas para evitar el desorden en los más de 50 hogares con los que cuenta el Programa, escuela de trapecistas para los adolescentes por los que nadie da un peso, orquesta sinfónica que es invitada año tras año para presentarse en distintas ciudades del mundo, cuerpo de baile, comedores comunitarios… la lista es larguísima y asombrosa.

El aliento para concebir y lograr todo esto lo puso un señor que es un roble —grande, sabio y bueno— aunque tenga el pelo blanco y sufra fuertes dolores de espalda. Como a Fanny Mikey, al Padre Javier le toca aguantarse dos banderillas dolorosas en el costado: eso de que le digan “viejo” y lo de andar pidiendo plata para lograr sus sueños. Su inseparable gorra negra ha servido tanto para recaudar fondos públicos y privados como para sentar en una misma mesa a políticos, empresarios y paupérrimos.

Ahora lo quieren jubilar a la fuerza porque lo dice la Ley. Por cumplir una tutela hasta la Alcaldía de Bogotá, fiel aliado siempre de la República de los Sueños del Padre Javier, tuvo la osadía de solicitar su renuncia inmediata. El Padre Javier se va el 30 de septiembre porque lo obligan. Ningún político ni leguleyo podrá jamás obligar el retiro de un soñador. A Javier de Nicoló le quedan años de vida y alma por entregar a sus próximos proyectos.

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