El lento y tortuoso camino hacia la paz. Esa expresión podría resumir en lo que se han convertido las negociaciones de La Habana.
Desde un principio todos sabíamos que no iba a ser asunto fácil ni expedito, pese al interés del Gobierno y al acuerdo preliminar que exigía sigilo y rapidez a las partes. En este escenario contrastan dos posturas, adoptadas recientemente por Antanas Mockus y Darío Acevedo Carmona. El primero está dispuesto a servir incluso de guardaespaldas de Timochenko con tal de que Colombia alcance la paz. El segundo, en sesuda interpretación de una encuesta, muestra cómo el pueblo ama al líder Álvaro Uribe Vélez y no está dispuesto a aceptar una paz con impunidad.
Las dos posturas resultan atractivas para entender aquello de la actitud o disposición mental necesaria para dar pasos firmes hacia una solución negociada de un conflicto armado. Mockus derrocha generosidad, que no debe confundirse con debilidad. Quien ofrece confianza, pese a la práctica inexistencia de elementos que permitan creer en el contendor, arriesga mucho, pero también “desarma” al enemigo y gana legitimidad. Si la contraparte es sincera en sus intenciones y acciones, tendría que no dudar en responder de la misma manera. La reciprocidad de las acciones tendientes a alcanzar el entendimiento permite construir escasas pero fuertes razones para contraer compromisos o acuerdos estables.
Por el contrario, quien exhala temor y sospecha ante el negociador al otro lado de la mesa, e invoca la sensibilidad del pueblo para denunciar lo que considera un burdo engaño, cierra las puertas a una salida negociada. Esto sucede cuando se pregunta al pueblo si desea una paz con impunidad, una paz sin entrega de armas, una paz con concesiones gratuitas para los dirigentes de las Farc, todas ellas preguntas inexactas y retóricas que en nada ayudan a consolidar ni son justas con el proceso de paz. El análisis del intelectual funcional a la solución basada en los valores de la dignidad, el honor y la gloria, confunde lamentablemente el acuerdo negociado y la capitulación militar. Para uribistas purasangre sólo esta última parece una salida aceptable a décadas de confrontación armada.
Un acuerdo de paz para reformular el pacto político fundamental, de manera que una sociedad pacte o renueve los principios y reglas que regirán hacia el futuro la convivencia común, no puede confundirse con un plebiscito o consulta sobre si se libera o castiga a unos criminales, al estilo de la pregunta: ¿a quién preferís liberar: a Cristo o a Barrabás? En el furor de la guerra, y con el dolor y el resentimiento por el daño sufrido, es previsible que las mayorías adopten una actitud de castigo, de desconfianza, de rechazo. Lo sorprendente sería que, ante el rumor de violación, el pueblo exasperado y enardecido decidiera liberar al sospechoso y no proceder a lincharlo cuando es capturado en flagrancia.
Si queremos como colombianos y colombianas darle una verdadera oportunidad a la paz que se negocia en La Habana, tendríamos que darles a los subversivos en rebeldía contra el orden político vigente un voto de confianza como el sugerido por el exalcalde de Bogotá Antanas Mockus. Aunque suene excesivo e ingenuo, la actitud generosa y abierta de una de las partes obliga a la otra a desmontar sus prejuicios y prevenciones, a entregar el parapeto de la negación, de la autocomplacencia y del desconocimiento del dolor ajeno. Quién lo diría. En este momento, el proceso parece necesitar, más que de acción estratégica calculada, de una buena dosis de poesía.