El sistema democrático colombiano yace en ruinas por causa de la crisis de los partidos políticos.
Que los candidatos fuertes al segundo cargo público más importante del país sean disidentes de sus partidos de origen (Petro del Polo; Parody de la U; Mockus de los Verdes) muestra la agonía democrática en que vivimos. Los partidos aglutinan a sus miembros bajo unos mismos principios y permiten así un ejercicio responsable del poder. Los movimientos políticos, por su parte, son aleatorios y coyunturales. Desaparecen como surgen. Captan el inconformismo ciudadano, pero pronto pasan de moda. Sólo las agrupaciones consolidadas pueden brindar estabilidad, confiabilidad y certeza a sus electores. No en vano las democracias maduras del mundo cuentan con partidos históricos, no con movimientos y meras alianzas por conveniencia para obtener resultados inmediatos en las urnas.
La democracia en las sociedades de masas sólo es posible como democracia de partidos. La ficción de la representación es necesaria como sucedánea de la democracia directa, la cual sólo funciona en pequeñas comunidades. Los partidos políticos sirven de correa de transmisión entre los intereses particulares y el ejercicio del poder en interés de todos. Cuando no funcionan correctamente por ausencia de estructuras y procedimientos democráticos, la democracia es sustituida por la dominación caudillista o por el gobierno en favor de una clase. En esas circunstancias, grupos particulares acceden al poder y gobiernan según sus intereses, sin sujetarse a principios y procedimientos que hagan responsable el uso de sus funciones. Es así como en Colombia la Andi, Fenalco o Asobancaria tienen más poder que los partidos y el presidente sirve más a intereses sectoriales que al interés general de todos los colombianos.
Los movimientos políticos conformados mediante la recolección de firmas no son una alternativa. Menos en un país donde las fuentes de financiación ilícita campean por doquier, provenientes de la economía formal o informal, legal o ilegal. La salida de la crisis pasa por la profunda reforma de los partidos y del corrupto sistema electoral. Un aumento en el umbral al 5% para reconocer o mantener la personería jurídica de los partidos; la obligatoria democratización de sus estructuras, en particular para escoger programas y representantes; y la modernización de los procesos electorales son algunos de los imperativos en el camino de recuperar las más importantes instituciones de representación popular.
El unanimismo político con el que se gobierna al país, pese a las apariencias de concordia y unidad, también arruina la democracia. Le sustrae el disenso, la confrontación de ideas y el control del poder por una oposición seria, crítica y responsable. Da lástima ver al Partido Liberal abandonar sus principios de justicia social para plegarse a los grandes intereses financieros, agroindustriales y mineros promovidos por el presidente Santos. Todo por retornar al poder. La baja respuesta del electorado a su candidato David Luna era previsible al no poder distinguirlo del candidato de la U. De otra parte, son de saludar la rectificación de su accionar por los partidos, la renovada adhesión a los principios constitutivos de su identidad y el rechazo a las alianzas estratégicas que desorientan al elector y fomentan la confusión, valientes decisiones adoptadas por el Polo Democrático Alternativo luego de la debacle durante el gobierno capitalino de Samuel Moreno.