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Derechos humanos y democracia

30 de agosto de 2014 - 09:00 p. m.

Hay asuntos tan importantes que ni siquiera el pueblo, en ejercicio de su soberanía, puede decidir.

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La protección de los derechos humanos consagrada en los tratados internacionales es uno de ellos. Los derechos humanos, fundamento de la legitimidad del poder político, son indisponibles, imprescriptibles, inalienables. Ellos imponen un límite infranqueable a la democracia, sea que se exprese por ley, reforma constitucional, referendo o plebiscito. Los países que han aceptado el sistema universal o regional de protección de derechos humanos no pueden desconocer esta premisa, sin someterse la anulación de sus decisiones por cortes Internacionales.

Lo anterior ante el llamado de la senadora liberal, líder cristiana y ex fiscal general de la nación, Vivian Morales, a convocar al pueblo para que decida mediante referendo si las parejas del mismo sexo deben poder adoptar. Esta es la repuesta de sectores sociales inconformes con la reciente sentencia de la Corte Constitucional que amparó el derecho de una pareja homosexual de mujeres a adoptar, por ahora hijos biológicos de una de ellas. Quienes ven peligrar el orden de cosas compatible con sus creencias más profundas desean que sea el pueblo, no los jueces, quien decida democráticamente el conflicto.

Otro opositor acérrimo a la liberalización de las costumbres, la inclusión de las diferencias y la descentración del monopolio moral es el Procurador Ordoñez. Invocando los derechos de los niños y su primacía sobre los demás acusa de errónea la sentencia constitucional de tutela. Para el director del Ministerio Público la protección del interés general del menor debe prevalecer sobre los “presuntos” derechos de parejas homosexuales. El Procurador nos recuerda el país en que vivimos y que debemos cambiar. Para él no valen las evidencias empíricas ni científicas sobre los beneficios o riesgos para el menor sino las creencias vernáculas y los miedos profundos que dominan las mentes y corazones de sus correligionarios.

Los derechos humanos reflejan el nivel de sensibilidad a que ha llegado la humanidad ante el sufrimiento. Como lo expresara Richard Rorty en Contingencia, Ironía y Solidaridad, debemos por ello combatir el etnocentrismo connatural a los pueblos, descentrarnos y sensibilizarnos ante el dolor ajeno. La democracia, sea directa o indirecta, encuentra en el respeto de esta sensibilidad un umbral infranqueable. Cualquier retroceso en la inclusión del otro puede ser combatido mediante mecanismos internos y externos del derecho. Así los colombianos decidieran por referendo reversar lo fallado por la Corte Constitucional, otras serían las instancias para discutir y decidir el punto.

Es saludable para la convivencia pacífica y el reconocimiento mutuo que divergencias y desacuerdos valorativos se ventilen públicamente. El activismo de grupos de vanguardia a favor de más inclusión y las reacciones de cristianos y católicos aferrados a ideas particulares del bien, vivifican la democracia. Debemos, no obstante, aprender a convivir con las diferencias. Por ahora tendremos que conformarnos con que los jueces sean los llamados a decidir qué tan rápido debemos avanzar en la realización de los derechos humanos para todos.
 

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