Yace en ruinas la República.
Décadas de guerra y corrupción la han devastado. Los dineros del narcotráfico fluyen, se mezclan con la contratación y la política. Desechos los partidos, sus erráticos miembros pactan hasta con el enemigo para asirse al poder. No es momento de desesperar. La reconstrucción debe iniciarse. Incluso puede adelantarse, pese al pragmatismo de una clase dirigente que desprecia las humanidades y deposita su confianza en la ilusoria generación de riqueza material, sin preguntar mucho de dónde proviene.
Los desafíos del posconflicto exigen perspectiva histórica. Crucial a la organización prudente de una República es la institución de una garantía de la libertad. Ya republicano, Maquiavelo, inspirado en Polibio y Lucrecio, lo veía con claridad: el pueblo necesita vías legales para expresar su disenso y desfogar la indignación; además, es necesario distinguir entre la crítica fundada y las calumnias perniciosas. Lo primero porque, cuando no existen procedimientos normales efectivos, se recurre a los extraordinarios. Sin leyes y jueces imparciales se lleva fácil a las armas. En cuanto a lo segundo, quien organiza una República debe establecer cauces legales para acusar públicamente a cualquier ciudadano, pero también asegurarse de castigar duramente a los calumniadores. Esto porque la calumnia engendra odio, y éste, división, facciones y ruina al Estado.
En la Colombia de hoy no se respeta el disenso ni se castiga la calumnia. No debe asombrarnos, por lo tanto, que la violencia y las divisiones intestinas campeen. ¿Quién daría un peso por el Consejo Nacional Electoral, órgano para vigilar la transparencia y probidad del proceso democrático, cuando sus miembros son elegidos por los partidos políticos y alguno de sus altos funcionarios es reo de la justicia, como denunció ayer Daniel Coronell (http://bit.ly/1kg1gxm)? ¿O por la Procuraduría, dirigida por quien no tiene ningún reato en mentir para conseguir réditos políticos, como bien lo ha puesto de presente el expresidente César Gaviria (http://bit.ly/1ZOvQ1y)? El país clama a gritos la necesidad de un tribunal electoral independiente y la reforma integral de los órganos de control del poder público.
Pasada la resaca electoral, el país se verá obligado a pensar cómo evitar que en el futuro, con participación de las guerrillas convertidas ya en partido político, el dinero y las trampas, tan atractivos hoy para la mayoría de los actores huérfanos de control, determinen los resultados electorales. La financiación exclusiva de las campañas por el Estado, con estricta vigilancia sobre los gastos, y la regulación igualitaria en el acceso a los medios de comunicación, son medidas costosas, pero necesarias, para salvar de las mafias al país. La República sólo resistirá los embates de la confrontación ideológica con leyes e instituciones fuertes y eficaces que sean una verdadera alternativa a la violencia.
Como lo recordara Maquiavelo en el pasado y siendo hoy todavía vigente: “es necesario que quien dispone una República y ordena sus leyes presuponga que todos los hombres son malos, y que pondrían en la práctica sus perversas ideas siempre que se les presente la ocasión de hacerlo libremente” (Discursos sobre la primera década de Tito Livio, Alianza, Madrid, 2009, p. 40).