En la política son nítidas dos tradiciones: la realista y la republicana.
La primera mueve el mundo, la segunda lo estructura. Los realistas conciben lo político a partir de la identificación de sus amigos y enemigos. Con ello le hablan a los instintos más básicos del ser humano, al amor y a la aversión, y buscan movilizar al pueblo en apoyo de su empresa política. Los realistas explotan el desprecio al enemigo e invocan la lealtad del amigo, del hermano. De hecho, la palabra “política” viene de polis, comunidad, que por definición incluye a los propios y se diferencia de los extranjeros y potenciales enemigos. El mensaje de lealtad, enemistad y muerte favorecido por el realista se reviste corrientemente del discurso religioso o ideológico para legitimar o suavizar su contenido. Unos son los buenos y otros los malos, unos los creyentes y otros los bárbaros o ateos. La intervención en el mundo busca salvar a los primeros y ajusticiar a los segundos. La explotación de las pulsiones básicas hace a los líderes realistas “cruzados de la acción”, seres sobrenaturales llamados a cumplir una misión que los trasciende. Ellos mismos forjan en vida un santuario en torno a su personalidad, que será visitado luego de su permanencia sobre la tierra por sus fervientes seguidores.
Los republicanos, en contraste, descreen y rehúyen del gobierno de los hombres de acción. Prefieren el gobierno de las leyes. Buscan la concordia y el acuerdo mediante el diálogo y la deliberación. En eso son lentos y moderados. Malos políticos, a ojos de los héroes de acero. Republicanos profundos como Hume, Ferguson o Kant podrían ser estadistas, más nunca buenos políticos, por lo menos en concepto de sus contradictores. Confían en la educación, en el cultivo de la virtud y en la construcción de instituciones y procedimientos que moderen y estabilicen las expectativas de comportamiento de los individuos. Como no es posible conocer verdades absolutas, los republicanos aceptan un segundo mejor mundo: el acordado por consenso mediante el uso público de la razón. Cuando lo político se define por la posibilidad de lograr acuerdos para superar la violencia por medio del derecho, se renuncia a identificar al antagonista como enemigo.
Es la confianza en las leyes, en los gobiernos legítimos y en los jueces la que asegura la convivencia social.
Las dos tipologías no son perfectas ni puras. Son más bien tendencias que se pueden encontrar combinadas en mayor o menor medida en la persona del político. Lo que resulta por cierto una impostura intelectual es que el ser de acción pretenda hacerse pasar como estadista republicano. Por su personalismo (¿liderazgo?), su dogmatismo (¿firmeza?) y terquedad (¿tenacidad?) el político realista no está dispuesto a dialogar; pontifica. A ése se le escapan los matices de la realidad, las discontinuidades de la historia, los detalles decisivos para lograr avances graduales y evitar grandes descalabros. La desgracia del estadista, por su parte, es jugar de realista político sin tener el alma para ello. El efecto sólo puede ser el de crear una imagen desfigurada con incierto futuro y corta vida política.
Las naciones tienen ciertamente los dirigentes que se merecen. Colombia se debate entre ambas tradiciones. Los próximos años inclinarán la balanza en una u otra dirección, para mal o bien del país y del continente. Por lo demás, nada justifica la violencia contra Fernando Londoño y Álvaro Uribe, por realistas, azuzadores y mesiánicos que sean.