Los padres del liberalismo deben estar revolcándose en su tumba.
Simón Gaviria y Juan Manuel Galán han manifestado su apoyo a la reelección del antiliberal y ultraconservador procurador Ordóñez. El Partido Liberal transita así sin norte, desorientado, ignorante de sus principios ideológicos, hacia su extinción. En este estado de postración no asombra tampoco el error de reunificarse con Cambio Radical, un cadáver insepulto de la parapolítica. Sólo una luz de esperanza brilla a lo lejos para los liberales viudos de poder. La Ley de Víctimas, que promete revertir la exitosa contrarreforma agraria de mafiosos, paracos, terratenientes e inversores agroindustriales, es la bandera ofrecida por el liberalismo y acogida por el presidente Santos para reencaucharse como mandatario con sentido social de cara a la reelección y neutralizar de paso el ruralismo reaccionario de Uribe, quien ya mueve sus fichas con miras a los comicios de 2014.
La joven dirigencia liberal no parece haber transitado por los salones de clase donde se enseñaban historia de Colombia e ideas políticas. ¿Dónde queda la defensa de la libertad personal, de la responsabilidad individual y del carácter laico de nuestro Estado cuando se apoya la reelección de un funcionario que desafía los fallos judiciales para cumplir mandatos divinos; de un procurador que obedece más a la Biblia que a la Constitución, aunque se empeñe en negarlo? La despenalización del aborto en ciertas circunstancias para salvaguardar la dignidad, la autonomía o la vida de la mujer, o la igualdad para toda persona independientemente de sus orientaciones sexuales, no son derechos constitucionales para el jefe del Ministerio Público; eso pese a las claras doctrinas de la Corte Constitucional como máximo intérprete y guardián del pacto político de 1991. ¿Serán conscientes los juveniles delfines de los vacíos intelectuales que llevan al liberalismo a su ruina?
Otro tanto sucede con el muerto viviente de Cambio Radical. Uno a uno sus otrora dirigentes son condenados por parapolítica: Pinedo Vidal, ocho años; Rubén Darío Quintero, siete años y medio; Óscar Wílchez, siete años y cinco meses; Humberto Builes, siete años y medio; Karelly Lara, seis años; Reginaldo Montes, a seis años. Mientras esto sucede, Germán Vargas Lleras sigue orondo y ufano. Como en el caso de Uribe y de Santos, todo parece haber ocurrido a sus espaldas. ¡Seres tan buenos y tan mal rodeados! Alabada sea la amnesia colectiva; así parece pensar el liberalismo en pos de la reunificación y de su tiquete a la Casa de Nari. En épocas de zombis, incluso las condenas por paramilitarismo acercan a un liberalismo “radicalmente cambiado” a sus víctimas, así sea en el papel de victimarios.
Por fortuna para el presidente Santos, uno de los tumbos del liberalismo se le ofrece cual tabla de salvación para derrotar a su principal contendor en la arena política: el expresidente Uribe. La Ley de Víctimas, auspiciada por el liberalismo, pletórica de promesas a los millones de desplazados y ahora convertida en programa social para varias décadas, es la bandera que permite a Santos rehacer su imagen como mandatario solidario, humanista y gran reformador agrario. Pero incluso en esta movida parece repetirse la historia. El Partido Liberal, con o sin Santos a su cabeza, no resolverá el problema de la tierra en Colombia. Y ello porque se la pasa dando tumbos, sin tener claro cuál es su ideología.