¿EN QUÉ SE PARECEN AGENTES DE policía quemando niños, las Farc masacrando indígenas y el Presidente acusando a Colombianos y Colombianas por la Paz de pertenecer al “bloque intelectual” de las Farc? Algunos dirán que en nada.
Los policías serían un caso excepcional de manzanas podridas en la institución. La guerrilla sería la prueba fehaciente de terroristas que desprecian la vida humana y persiguen a ciegas sus intereses. Y el Presidente sería un gran líder que advierte sobre la necesidad de no soltar la culebra de las Farc mientras no esté muerta, lo que incluye perseguir a sus presuntos simpatizantes. Los tres casos, no obstante, tienen mucho en común: evidencian el fanatismo que se pasea por campos y ciudades colombianas y que revela el estado de nuestra educación democrática.
El fanatismo es una pasión o creencia exacerbada e irracional en algo. Es la no disposición a someter las propias convicciones al cuestionamiento racional. Es la tendencia a imponer a los otros una creencia considerada buena para sí o para el grupo. Su origen es la ignorancia y la inseguridad. Donde el fanatismo impera difícilmente pueden prosperar el conocimiento y la libertad. En su versión más extrema conduce a resultados insospechados: guerras, masacres, limpiezas étnicas o políticas e injusticias sin nombre. El fanático se caracteriza por adoptar posiciones maniqueas. Curiosamente, rechaza con el relativista la búsqueda colectiva de la verdad. En el ámbito de la política, ambos desprecian la deliberación y el debate. Pero el primero, además, es dogmático, autoritario, intolerante.
Relata la madre de los niños víctimas de la sevicia policial que un señor que estaba en la estación acusó a su hijo y a su amigo de quemarlo, por lo que “los policías les dijeron que si no eran cristianos y les quemaron el rostro”. Podemos ver el hecho como una conducta aislada de sadismo. Pero un contexto más amplio recuerda la persecución de enemigos políticos y las limpiezas sociales de “indeseables”. Pese a la profesionalización de los cuerpos armados, prima aún en ellos la marginalidad, la represión sexual y la frustración. Por otra parte, la Defensoría del Pueblo prendía en enero último las alarmas tempranas ante la amenaza que se cernía sobre la comunidad indígena A’wa por el accionar armado de guerrillas, paramilitares de nueva generación y “Los Rastrojos”. El nihilismo, forma de fanatismo de estos grupos, explica la degradación del conflicto y el desprecio por la vida de civiles indefensos. La opereta trágica en tres actos la cierra el más alto funcionario de la República. Su afirmación contra ciudadanos a favor del acuerdo humanitario, según la cual forman parte de una organización criminal, de no demostrarse, es constitutiva del delito de calumnia. El habilidoso Presidente se cuida de no dar nombres, pero cuando los periodistas lo presionan socarronamente ríe y dice que todos los conocemos. Semanas antes había advertido refiriéndose a la senadora Piedad Córdoba en un consejo comunitario en la sede del Sena en Bogotá: “No le vamos a permitir ahora a esa dirigente de la política esa trampa que nos quiere tender con las Farc” (El Tiempo, 8 de diciembre de 2008).
El fanatismo es el origen de la mayoría de nuestros males. El apasionamiento ciego es incompatible con una ciudadanía democrática. El país se merece otro destino: necesita ciudadanos cultos y responsables, firmes y reflexivos. Requiere una educación para formar demócratas integrales, no servidores fanáticos que atacan a indefensos ciudadanos, ni fanáticos dirigentes que persiguen a fanáticos enemigos.