Esta semana se inició con un nuevo round entre Uribe y Santos.
Uribe acusó a Santos de echar al fuego al excomisionado de Paz Restrepo. El detonante fue que el Gobierno, en cabeza de cuatro ministerios, pidió ser reconocido como víctima del engaño orquestado desde el mismo Gobierno para desmovilizar falsamente un frente guerrillero en épocas del gobierno Uribe, cuando Restrepo era el responsable de la desmovilización y reinserción de grupos al margen de la ley.
En agrias declaraciones a los medios de prensa, el expresidente Uribe acusa a su anterior exministro de Defensa Nacional y hoy presidente de la República de prejuzgar para que se condene a Restrepo por el burdo fraude de hacer pasar a indigentes y desempleados como integrantes de las Farc, prestos a legitimar el proceso de paz como uno diseñado para todos los grupos armados ilegales y no hecho a la medida de los paramilitares. Uribe endilga a Santos intenciones perversas al interpretar la ley penal en desfavor de un antiguo colega de gobierno, mientras que Santos se declara asaltado en su buena fe cuando era ministro de Defensa y tenía a su cargo la inteligencia militar, tristemente burlada por la sagacidad de Restrepo. El actual ministro de Justicia y del Derecho responde que el Gobierno actúa siguiendo la recomendación de la propia Fiscalía General de la Nación, lo cual no significa tomar partido respecto de la culpabilidad penal del procesado.
Es conocido el dicho “quien no sabe mentir es un mal político”. Según esa máxima popular, cierta dosis de perversidad es necesaria para triunfar en la política. Recordemos a Nicolás Maquiavelo, quien se hiciera popular por recomendar el uso moderado de la crueldad como medio para adquirir o mantener el poder. Pero un buen gobernante también debe reflejar algún grado de candor o ingenuidad para convencer a los buenos de corazón. La pregunta clave consiste en determinar la mezcla exacta de ambas aptitudes para tener éxito. Esto en relación con el nuevo desencuentro en el seno del Partido de la U, donde sus dos titanes se acusan de perversos mientras se presentan a la opinión pública como ingenuos.
El suceso de la falsa desmovilización del frente Cacica La Gaitana de las Farc refleja a las claras la endeble formación republicana en el país. No se sabe qué sea peor para los intereses del pueblo. Tener a mandatarios sagaces y perversos, dispuestos a eliminar física o moralmente a sus antagonistas, o tener a ingenuos y candorosos dirigentes que gobiernan mientras todo lo grave sucede a sus espaldas. Ostensiblemente, ninguna de las dos opciones es aceptable desde un punto de vista democrático. Para ser un político moral y no un moralista político es necesario sujetarse a principios y reglas que no están a disposición del mandatario. Pero la tradición nacional no exhibe tales virtudes. Por el contrario, en ella priman el contubernio, la malicia y el engaño. Características bien recibidas por un pueblo poco exigente en materia de moralidad y democracia.
Corresponderá a los jueces de la República determinar lo que sucedió con la falsa desmovilización y responsabilizar penalmente a los infractores, para lo cual cuentan con material probatorio suficiente. Será luego la opinión pública quien decida si desea seguir siendo gobernada por lobos vestidos de oveja o prefiere jugársela por partidos políticos y personas que defiendan principios, no oportunidades.