UN AFAMADO JURISTA SOSTENÍA HAce más de setenta años que en la jurisprudencia el estado de excepción tiene un significado análogo al del milagro en la teología.
La Navidad de 2009 se presta para reflexionar sobre esta analogía. Más cuando crecen las voces a favor de exceptuar las reglas constitucionales de sucesión presidencial ante el peligro claro e inminente que se cierne sobre Colombia. El expansionismo de Chávez y su apoyo a las Farc colocarían al país en “la más difícil coyuntura internacional de toda su historia”. El experto Jesús Mejía Vallejo, según nos cuenta el columnista Saúl Hernández, nos recuerda que “toda regla abstracta (como los límites a la reelección) es susceptible de excepciones, en función de las realidades sociales” y que “no tendría sentido que por aspectos secundarios de orden procedimental o formal, se dejara de atender el clamor ciudadano que pide que Uribe pueda someter su nombre a otro debate electoral”.
El milagro significa una ruptura de las leyes naturales y positivas para dar paso a lo extranatural en momentos excepcionales. El poder seductor del milagro radica en su naturaleza extraordinaria, mágica. Lo mismo sucede con el estado de excepción. La anormalidad de la situación (enfermedad incurable, riesgo inminente) y el anhelo de una intervención salvadora (de Dios o del soberano que declara el estado de excepción) justifican dejar de lado temporalmente las reglas abstractas cuya observancia estricta en tales circunstancias sería cosa de idiotas que le hacen el juego al enemigo o de cómplices suyos.
En este contexto es entendible la salida del ex viceministro de Defensa, Sergio Jaramillo, quien el domingo en entrevista a El Tiempo se declara opositor a una segunda reelección del presidente Uribe por cambiar ésta las reglas constitutivas del juego democrático, desconocer nuestra tradición republicana y contrariar, a su entender, la seguridad democrática misma. Sorprende la fe de Jaramillo en una seguridad democrática cuyos frutos, además de la liquidación de las Farc, son “falsos positivos”, “chuzadas”, vínculos con parapolíticos, asedio a la justicia y corrupción reeleccionista. Lo que el ex viceministro no capta es la poca fe de sus correligionarios en la constitución republicana, que de todas maneras puede ser cambiada por referendo popular. El uribismo está dividido entre uribistas republicanos y teológicos. El Presidente parece pertenecer a estos últimos, lo que explica su encrucijada del alma.
El error de apreciación del uribista republicano consiste en no reconocer al uribista teológico. El republicano cree en las reglas constitutivas del orden constitucional porque está convencido de la imperfección humana. La ambición y la arbitrariedad deben ser controladas mediante reglas preestablecidas, puesto que todo hombre tiende a abusar del poder cuando goza de él. Por el contrario, el pensamiento teológico considera que la excepción a las reglas es necesaria para afrontar situaciones anormales. A la desconfianza republicana la teología política opone la voluntad omnímoda de un pueblo dispuesto a aclamar a su benefactor, padre y protector.
En este diciembre los colombianos podrán reflexionar al son de panderetas, maracas y timbales si aceptan la naturaleza caída de los hombres y la necesidad de poner límites constitucionales al poder o si creen más bien en la naturaleza extraordinaria de un líder generoso que busca la decisión popular para prolongarse excepcionalmente en el poder. A lo mejor una breve y prefabricada guerra contra el auspiciador de la “culebra asesina” ayude a los indecisos a decidirse.