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Saber moral

30 de octubre de 2016 - 03:31 p. m.

La siempre inagotable fuente de sabiduría de los antiguos griegos permite a un alumno de Martin Heidegger, ese monstruo de la filosofía, revindicar el llamado “saber moral”.

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En su recuperación del pensamiento práctico aristotélico, Hans Georg Gadamer remite a la phrónesis. El término refiere no a la habilidad o tekné propia del buen artesano, sino a la virtud del saber práctico, presente en el buen consejero. Sólo quien sabe escuchar y conoce bien los asuntos humanos puede guiar correctamente a otros en su pensamiento y acción. Pero será la filósofa y amiga de Colombia, Martha C. Nussbaum, quien en Justicia poética vincule el saber moral a las emociones y defienda  una formación no sólo técnica sino también moral, en particular de los jueces. Ya en la Terapia del deseo, la misma autora había revindicado el inapreciable valor de la filosofía estoica para curar el sufrimiento humano, tan extendido dada la devastación y degradación humanas que conlleva la guerra.

Todo esto vuelve a mi mente cuando pienso en el derecho y los límites de la justicia. En la estructuración de la justicia transicional que nos permita superar el conflicto armado, es necesario recordar que el sentido del derecho es servir a la justicia, como bien lo anotaba Gustav Radbruch. Sería este pensador, elevado a rector de la Universidad de Heidelberg durante la reconstrucción alemana en la segunda posguerra por su lucha contra el nazismo, quien acuñó la famosa “formula” de Radbruch. Esta reza: La ley extremadamente injusta no es derecho. En el jurista alemán se hace presente de nuevo el saber moral de la tradición helénica. Si bien qué sea lo justo en cada contexto o circunstancia puede ser incierto, no lo es la ausencia de pretensiones de justicia. En palabras sencillas, no sabemos lo que es justo, pero si podemos conocer lo que no pretende ser justo en absoluto y, por ello, desvirtúa el sentido del derecho.

En mi libro Derechos humanos como límite a la democracia (Norma, 2008) defendí la tesis de la íntima relación existente entre emociones morales y derechos humanos. No en vano la indignación ha sido la respuesta de la mayoría de votantes frente a acuerdos que, a su juicio, no satisfacen mínimas pretensiones de justicia. Pese a haber defendido, y seguir haciéndolo, una salida negociada al conflicto armado, se hace evidente que las partes no han logrado captar el nervio del desafío emocional y moral al que nos enfrentamos. Sólo si las partes que renegocian un nuevo acuerdo logran conciliar sus aspiraciones políticas con la respuesta efectiva al sufrimiento de las víctimas, será posible defender la solución alcanzada.

El desafío colombiano debe enfrentar no sólo el odio, la envidia y los deseos de venganza. También tiene ante sí la tarea de superar una concepción positivista de la ciencia y el derecho que condenó las emociones por décadas al diván del psicoanalista. Por fortuna el avance de las ciencias sociales ha permitido reivindicar el papel central de las emociones en la conducta humana y los procesos sociales. No sólo de racionalidad vive el ser humano, podría decirse. Ninguna solución política al conflicto es hoy aceptable si no toma suficientemente en cuenta el sufrimiento y busca efectivamente su superación. Para ello son indispensables la sensibilidad y la imaginación morales. Algo que no deberán desestimarse en la renegociación.

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