CORRÍAN LOS AÑOS 80 DEL SIGLO PAsado en Alemania. En el panorama nacional emergió el Partido de los Verdes (Die Grüne).
En sus inicios fue visto como un grupo exótico y radical, surgido de la izquierda, en el que todo se discutía y las decisiones se tomaban por consenso desde las bases reunidas en asambleas. Sus consignas clamaban la sustitución de la energía nuclear por energías renovables en el industrializado y competitivo Estado germano occidental, o el desmonte de los cohetes Persing II que la OTAN apuntaba desde el antiguo Reich a la Unión Soviética. Los verdes rechazaban el pragmatismo de los partidos Demócrata Cristiano (nuestro conservatismo) y Social Demócrata (nuestro liberalismo), acostumbrados éstos a una política de oportunidades y no a una de principios. En contraste, el Partido de los Verdes enarboló quijotescamente principios éticos en economía, ecología y relaciones internacionales como máximas de acción política. El miedo al cambio y la comodidad de lo ya conocido impidieron en sus inicios el auge de esta agrupación política.
Por fortuna, la caída del muro de Berlín, la reunificación de la nación alemana y la crisis económica de finales de los noventa, no menos que la existencia de un sistema político parlamentario, permitieron que los verdes y sus aliados en la otrora República Democrática Alemana llegaran al Gobierno Nacional en coalición con los social demócratas. Veinte años de perseverancia permitieron avanzar en las políticas principialistas verdes, y promovieron al ministro de Relaciones Exteriores verde, Joschka Fischer, como gran estadista en el plano internacional.
Ciertamente, las experiencias ajenas deben tomarse con beneficio de inventario. Las diferencias de circunstancias y procesos son para tener en cuenta. La naturaleza humana, sin embargo, es una misma. Algunos defienden una concepción de la política atada a principios éticos, mientras otros la identifican con el arte de las decisiones prudenciales o de conveniencia. La primera posición rechaza la mentira en la esfera pública, así ella sea aconsejable para el bienestar general; la segunda, en cambio, llama a la mentira “verdad a medias” y la recomienda en situaciones extraordinarias porque el interés supremo de la patria “así lo exige”. Los partidarios de practicar la política según principios llaman corruptos a los latitudinarios, mientras éstos acusan de moralistas a sus impugnadores.
En Colombia de la primera década del siglo XXI la democracia tiene una disyuntiva crucial para su futuro. Seguir confiando en una política de sagacidad, mano dura y concentración de la riqueza y las oportunidades o darle aire a una política de autorrestricción que busca inculcar comportamientos virtuosos y educar republicanamente a los ciudadanos. Ninguna de las dos opciones parece especialmente interesada en combatir la pobreza, la desigualdad social o la dependencia externa. No obstante, en cuanto al entendimiento del ejercicio de la política, existen entre ellas grandes diferencias.
Los resultados electorales de este domingo 20 de junio, con fraudes electorales y todo, darán la primera indicación para saber si tendremos que esperar aún quince o veinte años de trasegar político para apostarle a una forma de ejercicio del poder público basada en el respeto de los principios republicanos o, por el contrario, continuar bajo formas de gobierno donde los privilegios, el miedo y la religión reemplazan los anhelos de un mejor futuro para todos.