Fedesarrollo presentó un interesante estudio sobre la pertinencia de incentivar la competencia en el mercado de los medicamentos biotecnológicos y su peso en las finanzas del sector salud.
El informe resalta el impacto negativo que tienen los recobros sobre las finanzas de la salud. El monto de los recobros al Fosyga pasó de $207 mil millones en 2005 a $2,4 billones en 2010; el 87% de los recobros corresponden a medicamentos y ocho de los diez medicamentos más recobrados son productos biotecnológicos.
Los investigadores de Fedesarrollo determinaron que tres de los medicamentos biotecnológicos más recobrados representan el 46% del gasto en recobros de medicamentos. Estos tres productos se caracterizan por tener en el país unos precios de venta altísimos, muy por encima de la muestra de países que Fedesarrollo tomó para hacer comparaciones internacionales: en Colombia el rituximab es 1.217% más caro que en el Reino Unido; el influximab y el trastuzumab son respectivamente 94,2% y 123,2% más caros que en ese mismo país.
La característica principal del mercado local de estos tres productos es que no tienen competencia porque grandes multinacionales farmacéuticas monopolizan su venta. El estudio comprueba que los medicamentos que no tienen competencia en el mercado nacional tienen precios superiores al promedio de venta que tienen en otros países.
Por el contrario, en los casos en los que hay competencia (biosimilares), Fedesarrollo observa que los precios en el país tienden a equipararse a los de otros países.
Los obstáculos para fomentar la competencia y bajar los precios de este tipo de productos son mayúsculos. A pesar de que la biotecnología no es patentable, hoy somos el único país de América Latina que establece una protección de cinco años de los estudios de seguridad y eficacia de estos medicamentos, lo que en la práctica es una patente disfrazada. Asimismo, el Invima le exige a un productor nacional que desea producir un “genérico” de estos productos (biosimilar), que reproduzca los mismos estudios y pruebas que les permitieron a las multinacionales desarrollar por primera vez estos medicamentos. Estudios que cuestan miles de millones de dólares, que una multinacional puede compensar con sus mercados globales, pero que son inalcanzables para los ingresos locales de un laboratorio nacional.
Los medicamentos de biotecnología son mucho más baratos en Brasil, Argentina y México por la simple razón de que en esos países florece una industria nacional de biotecnología que compite con las multinacionales.
La brillante ministra Beatriz Londoño tiene el inmenso reto de establecer reglas claras y transparentes que permitan la producción nacional de biosimilares; para ello necesita convertir al Invima en una entidad técnica y objetiva, despolitizada y clara a la hora de aprobar la eficacia y la seguridad de los biosimilares.
Pero lo más difícil para la ministra será enfrentar el lobby de las multinacionales, muy bien mimetizado en la implacable lógica de los requisitos y normas necesarios para implementar el TLC con los EE. UU.