La guerra, como el ateísmo, es más fácil pensarla que vivirla. Por eso las naciones en guerra nunca pierden de vista la posibilidad de buscar una salida negociada al universo sórdido de un conflicto.
La sensibilidad a la muerte no es sensiblería ni debilidad. Sólo un cerebro enfermo concibe la posibilidad de vivir en un estado de guerra permanente.
Si el conflicto colombiano fuera una fatalidad, es decir, un destino irremediable, no habría hombre en este país que empuñara las armas para combatir al enemigo. Los seres humanos enfrentan con su vida el peligro de las balas porque en el fondo tienen la esperanza de que con su esfuerzo en algún momento cesará la guerra. Nadie expondría su vida si sabe con certeza que no se salvará o que su sacrificio no conduce a nada porque la guerra es un sino inexorable.
Mis pocos conocimientos no me permiten encontrar un solo ejemplo de conflagración en el mundo en el que no se haya planteado la posibilidad de encontrar una salida negociada. ¿Acaso Israel y Palestina no lo han intentado, a pesar de que en su origen este conflicto exigía para su solución la eliminación del otro?
La paz, acuñó Shimon Peres, se hace con el enemigo. Con la negociación que arranca, nadie va a pensar ahora que las Farc son un dechado de virtudes. Por el contrario, existe consenso de que este grupo guerrillero perdió hace tiempo todo vestigio de moralidad y que en el fondo sus declaraciones de buenas intenciones son más un homenaje del vicio a la virtud.
El Gobierno no ha bajado la guardia en el esfuerzo militar ni ha entrado en una política de apaciguamiento. Tampoco piensa ceder territorio ni dejar de ejercer soberanía. Su decisión es negociar desde las posiciones que hemos venido ganando en los últimos años y no retroceder un milímetro.
No se pueden condenar de entrada las negociaciones por los errores del pasado. Naturalmente que el país se ha equivocado, como también las Farc, en anteriores procesos de paz. Pero es que nunca se ha llegado a una solución negociada o a una verdad sin haberse equivocado. Somos humanos, y porque nos equivocamos es que llegamos a la verdad. Nunca se han conseguido logros importantes de la humanidad sin haberse equivocado diez o ciento diez veces.
El amor propio ofendido y el irrefrenable despecho de poder llevan a un grupo político cuestionado por sus vínculos con el narcotráfico y el paramilitarismo, a anteponer sus intereses políticos y personales al beneficio supremo del país. Escuchan sin oír y miran sin observar lo que acontece hoy. Su desespero, que no logran disimular, los lleva a guarecerse en el discurso de la guerra, convertido en un catequismo que constituye su fe, su ley y su salvación.
Estos sectores intentarán sabotear la negociación. Expresarán su satisfacción íntima, a la que no se podrán resistir, cada vez que el proceso de negociación viva algún traspié por la violencia terrorista de la guerrilla. De las Farc podremos esperar violencia y engaño, porque esa es su naturaleza. Del Gobierno, los colombianos esperaremos con fe, templanza en sus objetivos.