UN DEBATE INTERESANTE SE HA desatado en la India entre Jagdish Bhagwati, un defensor del crecimiento de la riqueza sin dedicarle recursos a la educación y la salud de toda la población, y Amartya Sen, quien sostiene que esta vía del desarrollo es insostenible, como lo muestra la caída del crecimiento indio desde 2008 y la confrontación violenta entre castas y religiones.
No es sólo el problema de un gobierno plutocrático y corrupto, incapaz de producir los bienes públicos indispensables para aceitar el crecimiento, sino que la carencia de educación y salud también atenta contra la productividad de la economía, que no puede aspirar a una división del trabajo más compleja que la basada en salarios aplastados.
Comparada con China, Taiwán, Corea del Sur y Singapur, que han dedicado recursos suficientes para calificar a toda su población con una educación de excelente calidad, India mantiene todavía un 26% de su población analfabeta. Colombia está menos mal, con 7% de analfabetismo pero con 50% de semialfabetas, resultado de un sistema educativo de mala calidad.
Se trata de un problema no sólo económico sino ético: una nación de ciudadanos iguales debe eliminar el hambre y la pobreza, y reducir la inequidad. Las políticas promotoras del crecimiento pueden combinarse con una tributación que sea suficiente para financiar la educación y la salud universales, como lo han hecho las sociedades anotadas; es esto lo que les ha permitido superar umbrales del desarrollo que a países como la India y Colombia se les dificultan.
En efecto, la corrupción y la violencia que caracterizan la política de la India han frenado su crecimiento, a la vez que acumula crecientes desequilibrios macroeconómicos. En Colombia, el relativo control de la violencia y la apertura de un proceso de paz pueden multiplicar las oportunidades de crecimiento que tiene una economía que estuvo aislada del mundo por décadas de conflicto interno, pero ahora requiere políticas de equidad social.
Existe una relación causal entre el crecimiento desequilibrado y la inestabilidad. El alto crecimiento económico puede empoderar a una élite aislada, egoísta y antidemocrática, en una sociedad cruzada por la desigualdad, que practicará, como en la India y Colombia, “formas depredadoras de capitalismo, apoyadas y promovidas por el Estado”. Por contraste, la participación política de las castas bajas en el estado indio de Tamil Nadu ha permitido la construcción de una red de infraestructura social eficiente —centros de salud, colegios, transporte público y carreteras modernas— envidiada por muchos otros estados. Colombia desperdicia ingentes recursos públicos destinados a su red de transporte, que terminan robados por contratistas y políticos; su sistema educativo desgreñado empeora día a día y su salud es devorada por mafias. Aunque Colombia tiene un recaudo tributario muy pequeño, de menos del 14,5% del PIB, su aplicación corrupta o incompetente lo hace todavía más ineficiente y limitado. India recauda un poco más, 15,5% del PIB, con problemas similares de corrupción y desvío de recursos. Chile, por comparación, recauda 30% del PIB en impuestos y lo invierte de manera transparente y eficaz.
En Colombia hace mucha falta un debate de altura, como el que se está registrando en la India, para enfrentar problemas similares a los nuestros.