El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

‘Cuba is gone’

03 de octubre de 2010 - 07:57 p. m.

EN LOS AÑOS SESENTA CUBA LLEGÓ a embelesarnos. Creímos que era el comienzo de una nueva era de justicia social, independencia y prosperidad, frente a la alternativa capitalista de inequidad y estancamiento perpetuo de la América Latina que proclamaba la teoría de la dependencia.

PUBLICIDAD

Yo fui crítico de esta tendencia porque el capitalismo cargaba fuerzas expansivas, inherentes a la pasión de acumular capital, algo que se repetía para Colombia. Se manifestaba claramente en los datos de crecimiento económico de largo plazo que no aceptaban los portavoces de la moda dependentista.

Pero aún así, me ilusionaba un socialismo ideal que sólo existía en la cabeza de los trotskistas. Sabíamos bien que el socialismo real era una porquería, pero le apostábamos a que en Cuba sería distinto: más noble e ideológico, llevaría la revolución social a todo el continente. Sería la “revolución permanente” que salió de la mente delirante de León Trotsky.

Resulta que no. La nomenclatura cubana tenía unas raíces comunes hispánicas que contribuyeron al giro absolutista de la isla. La ausencia de competencia política había producido ya un Batista y los Castro se tomaron la estructura, ahora más sólidamente anclados en el partido único que había destruido toda posibilidad de democracia en Europa del Este y en el Asia. Tenía el ingrediente adicional del nepotismo, algo que es corriente en el socialismo, como mostraban Albania y Corea del Norte. La historia socialista era el resultado de lo que decidieran las familias de sus líderes y no de la lucha de clases.

El socialismo cubano fue incapaz de lograr la independencia política, pero además se tornó en parásito económico de la Unión Soviética. Fue perdiendo su ventaja comparativa de producir azúcar, que lo había convertido en la perla del imperio español en el siglo XIX y en el país con el ingreso más alto de América Latina incluso en la primera mitad del siglo XX. La zafra cubana pasó de cosechar 6 millones de toneladas antes del socialismo para obtener menos de 1,3 millones en la actualidad.

¿Cómo pudo darse tanta incompetencia a la hora de desorganizar una economía tan rica? Subsistió gracias a la ayuda soviética, que se derrumbó en 1991. En el llamado “período especial” y hasta el año 2000, la economía cubana decreció al ritmo anual de 10% y trató de ser productiva de nuevo, recurriendo al turismo apalancado con inversión extranjera, que no fue suficiente. Entonces, como buenos latinoamericanos, a los Castro se les apareció la virgen en 1999, bajo la forma de Hugo Chávez, otro déspota tropical dotado de una inmensa chequera, surgida de la renta petrolera venezolana y que podía utilizar a voluntad. El crecimiento económico se recuperó, pero sin alcanzar el nivel de 1989.

Pero los milagros son efímeros y la incompetencia chavista también malogró la productividad venezolana, de tal modo que tuvo que reducir la ayuda, que se daba a cambio de servicios médicos y deportivos. El salario medio real en Cuba ha caído de 188 a 46 pesos entre 1989 y 2007, según el historiador Antonio Santamaría. El costo en términos de renta de la revolución ronda entre el 40 y el 45% del PIB actual, aunque las condiciones sociales de la isla son relativamente buenas.

Ahora Raúl Castro comenzó a hacer lo requerido: reducir el tamaño de un estado burocratizado que producía muy poco valor agregado, al decretar la cesantía de medio millón de trabajadores que entrarán a laborar en un incierto sector privado.

Conoce más
Ver todas las noticias