La alianza del pacífico se contrapone al Mercosur en el panorama geopolítico latinoamericano. Existe muy poca integración entre los países del continente: el comercio intrarregional es sólo un 27% de lo que transan Suramérica y Centro América, comparado con el 63% para la Unión Europea y 52% de Asia, según The Economist.
Para la nueva alianza, se trata de enfrentar la globalización desde una posición de integración abierta de países que guardan afinidades ideológicas, pero también sectores privados avezados que buscan expandir sus negocios hacia fuera.
México, Chile, Perú y Colombia hacen gala de regímenes de centroderecha, que aspiran a capitalizar los flujos de comercio y de capital que genera la globalización. La Alianza lleva un año en construcción y ha eliminado las tarifas sobre el 90% de su universo arancelario, habiéndose comprometido a que en siete años habrá completado una desgravación total. Costa Rica y Panamá quieren adherirse, mientras que Canadá y España se interesaron en observar el proceso.
Brasil, Argentina, Uruguay y ahora Venezuela hacen parte del Mercosur, que se ha convertido en una alianza más política de gobiernos de izquierda que económica. En efecto, Argentina en particular ha mostrado una vocación autárquica que frena la integración y que le es molesta a Brasil, el mayor poder industrial dentro del grupo y que se beneficia en especial de su comercio con Venezuela, con el que obtuvo un superávit de US$4.000 millones el año pasado, reemplazando muchas de las exportaciones colombianas de cuando Chávez era aliado del expresidente Uribe. Sin Chávez y con una Venezuela debilitada en su papel de donante de recursos a los regímenes afines, es claro que Brasil se torna hegemónico en el bloque, quedando sin competencia ideológica.
Paraguay fue expulsado de Mercosur por haberle dado un golpe de Estado al presidente de izquierda, Lugo; Uruguay resiente la arrogancia argentina en torno a su boicoteo de una fábrica de papel que decidió no establecerse en un país que tiene serios desequilibrios macroeconómicos, que trata de encubrir y que es imprevisible en relación con el cumplimiento de sus compromisos. Pero incluso Brasil, que tiene un PIB un poco mayor que los cuatro países de la Alianza del Pacífico, se ha encerrado en sí mismo y opta por fortalecer la Organización Mundial de Comercio que ha entrado a presidir, pero que cumple un papel cada vez menor con relación a la globalización hoy. Sólo la integración efectiva puede producir economías de escala y aumentos de la productividad que impulsen la creación de riqueza nacional.
La Alianza trabaja sobre la estandarización de procedimientos y reglas, como las fitosanitarias, y de identificación de productos, estableciendo las reglas de origen que identifican qué tanto del valor agregado fue originado en cada país. Pero la integración no la tiene fácil por varias razones: los costos de transporte entre sus miembros son significativos y apenas existen vínculos regulares; México, que tiene un enorme superávit con Colombia, está bien integrado con Estados Unidos y Canadá, pero no con los países de la Alianza.
Colombia está poco integrada consigo misma: no ha logrado construir las vías que comunican el interior con sus puertos del Pacífico, ellos mismos presos de la violencia del narcotráfico. La escasa capacidad estatal y la corrupción le vuelven a pasar su cuenta de cobro a su desarrollo y le obstaculizan integrarse al globo.