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No más obras en Bogotá

31 de octubre de 2010 - 08:26 p. m.

LAS OBRAS DE LA CARRERA DÉCIMA, la gruesa arteria que cruza el sur de la ciudad y organiza el transporte público hacia el centro, están lejos de terminarse.

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La calle 26, entre tanto, muestra algunos avances hacia Eldorado, pero su eje fundamental, que estaba a cargo de los Nule entre las calles 32 y la 14, va a tardar mucho rato en culminarse. Se dice que este grupo contaba con 500 subcontratistas que han quedado en el asfalto, lo cual retardará la entrega de las obras a su cargo.

Los trabajos de la calle 100 tienen el norte en trancón perpetuo. El centro histórico de la ciudad es inaccesible y termina de colapsar los viernes a las 4 de la tarde, cuando los que trabajan en él salen en estampida entre los vapores de los canelazos que inspiran la alegría del Septimazo. Las obras del acueducto, del cual poco se ha hablado, son un testimonio de la desidia y de la corrupción, dejando de plantar tubos que permanecen sobre las vías taponadas durante años. Hasta la reparación de andenes tarda siglos y van robando calzadas adicionales al tráfico de pasajeros y de carga. Antes se usaba que los contratistas se identificaran y pusieran su sello en las obras que estaban adelantando. Ahora nadie da la cara y se esconde entre los espantosos plásticos verdes. Cunden los escombros, la suciedad, la desidia y el abandono que deterioran la seguridad ciudadana.

El tráfico es desviado por vías secundarias que se van erosionando y que obstaculizan todavía más el flujo del transporte. La administración distrital no conoce de logística, que permite planificar obras públicas que causen el menor traumatismo posible a los ciudadanos. El Polo Democrático Alternativo no parece confiar en ingenieros, auditores ni en financistas que ejecuten racional y cumplidamente un plan de obras públicas. A la corrupción se suma entonces la incompetencia. El resultado es la mortificación perpetua del ciudadano y, en especial, al que le corresponde utilizar el servicio público de transporte.

Para rematar, la Alcaldía se apresta a iniciar la construcción de un transmilenio ligero por la carrera séptima, la madre de las arterias de la capital, deshabilitando la mitad de sus carriles por un año al menos, si es que no hay más corrupción y negligencia en su contratación. Según Enrique Peñalosa, se trata de una mala idea: será un sistema lento y limitado con poca capacidad de transportar pasajeros porque no cuenta con recorridos expresos, para lo cual se requieren más carriles exclusivos que garanticen el flujo rápido de los articulados. La décima queda desconectada de la séptima. El trayecto va de la 32 a la 100, quedando sin sistema el norte de la ciudad hasta la 170. Entre la 72 y la 100 los buses rojos se mezclan con el tráfico corriente. Se volverá al pago dentro del bus, generando demoras adicionales. No habrá túneles u otras obras que sobrepasen los cruces.

Los ciudadanos de Bogotá tenemos derecho a exigir un aplazamiento de esta mala obra que va a empeorar la movilidad por demasiado tiempo. Lo primero que se debe garantizar es un buen proyecto, integrado al sistema de transporte de la ciudad. Se deben airear y auditar además las condiciones de toda nueva contratación de esta administración. La Alcaldía debe concentrarse en culminar las vías en proceso y dejarle al próximo burgomaestre el presupuesto y las decisiones sobre su continuación. ¡Que nos devuelvan Bogotá!

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