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Avianca conspira contra mí

01 de diciembre de 2018 - 01:00 a. m.

Esto debería ser una narración de viajes, la historia de una travesía entre Bogotá y México, pero acabó por convertirse en una novela de terror. Todo empezó el martes pasado, a las cinco de la mañana. A esa hora crucé Bogotá en taxi para estar a tiempo en el aeropuerto, pues mi vuelo salía a las 8:45 a.m. y debía llegar a Ciudad de México al mediodía, para luego continuar hacia Guadalajara, a la Feria Internacional del Libro, donde, ese mismo martes, en la noche, debía presentar una nueva edición del libro Operación masacre, de Rodolfo Walsh, reeditada por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Eso fue lo que yo pensé y planifiqué, claro, inocente de lo que se me venía encima. Inocente de lo que el destino y la aerolínea Avianca me tenían reservado.

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Ya subidos al avión, el piloto se dirigió a los pasajeros para anunciarnos que, por un error al guardar una silla de ruedas en la bodega, se había golpeado una batería provocando un cortocircuito, así que debíamos “desabordar”. Esto hizo que el vuelo saliera cuatro horas más tarde y que yo perdiera mi conexión a Guadalajara, que era a las 16h. Pero hice de tripas corazón y esperé, hasta que el vuelo despegó de Bogotá. Dos horas después las azafatas empezaron a buscar a un médico entre los pasajeros. Un niño de cinco años convulsionaba. Por fortuna apareció uno, el cual dictaminó que debíamos aterrizar en San Salvador para que el niño fuera llevado a un hospital, hecho que nadie objetó y del que, por supuesto, Avianca es inocente. Y así se hizo: una ambulancia esperó al niño en la pista y un equipo de paramédicos lo sacó en una camilla, al lado de sus padres. Tras esto volvimos a nuestros puestos, pero el piloto anunció que la tripulación había completado sus horas de reglamento, motivo por el cual el vuelo quedaba cancelado.

Pensé que eso no podía estar pasando realmente y me dije que pronto despertaría de un sueño difícil que ya se estaba convirtiendo en pesadilla. Pero no hubo más realidad que esa, así que nos repartieron en grupos para ir a hoteles en San Salvador y pasar la noche. El vuelo partiría al día siguiente a las 6 a.m. A esas alturas, mi participación en la Feria del Libro de Guadalajara ya parecía algo lejano e improbable. Una utopía que Avianca parecía querer negarme, como si conspirara contra mis planes, contra el normal desarrollo de mi vida de escritor. Al día siguiente, la oficina de Avianca en San Salvador nos prometió que su personal en el aeropuerto de Ciudad de México estaría esperándonos para solucionar las conexiones perdidas, y volvimos a despegar. Aterrizamos al filo de las nueve de la mañana y ahí empezó la segunda parte de la pesadilla, pues no sólo nadie de Avianca nos esperaba, sino que al llegar las oficinas estaban cerradas. Un empleado de aspecto huraño dijo que no sabía nada y que esperáramos en los bancos de facturación. Y ahí los nervios explotaron. Hubo gritos, una suerte de motín; en lugar de aprestarse a resolver cada caso, una funcionaria de Avianca llamó a la policía del aeropuerto que no supo qué hacer ante un grupo de pasajeros exhaustos y nerviosos. Al final llegué a la Feria Internacional del Libro 36 horas tarde, nervioso e irritado y, claro, con ganas de regresar por tierra a Colombia.

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