Fue una periodista de la Agencia EFE, de Bogotá, quien el 15 de mayo, a las 21:02, hora de Roma, me escribió lo siguiente: “Ha muerto Fuentes y no es un rumor. Imagino que estarás impresionado, más aún después de la muerte ficticia de Gabo ayer”.
Me quedé atónito, agarré el teléfono y llamé a Jorge Volpi, a Madrid. ¿Lo confirmas?, le dije, y Jorge, con voz apagada, respondió, sí, desgraciadamente sí. “Entonces soy yo quien te da las condolencias”, le dije. Colgué y estuve mirando el teléfono un rato, recapitulando, intentando comprender qué venía ahora.
La vida siempre es más fuerte, y un rato después pensé que cualquiera debería envidiar la suerte de Fuentes: vivir como él, tan intensamente, tan impregnado del mundo, tan cercano a todo lo importante del mundo, un escritor de los de antes, de los que eran percibidos como pequeños jefes de Estado de países imaginarios, y sobre todo, a pesar de esa enorme y kilométrica figura de escritor, en el fondo, ser sólo alguien apasionado por la escritura: alguien para quien escribir era mucho más importante que ser escritor.
Fuentes murió, según intuyo por la información, en plena conciencia y de un modo intempestivo, como siempre he creído que uno debe morir (¡qué privilegio!): sin deterioro, sin dolores prolongados, sin lástima. Se levantó ese día y se murió, como si tuviera una cita inamovible con La Pelona. Ya lo dijo Carmen Balcells: “Pasados los ochenta es como si la policía le avisara a uno que va a ser detenido en cualquier momento”. A Fuentes le tocó el 15 de mayo, y entró a la muerte por la puerta grande.
Aparte de su obra, impregnada de un lenguaje tenso y violento que no tendrá problemas en perdurar, uno de los aspectos de su carácter que más me impresionó fue su generosidad. Había algo misterioso en ella. Pongamos el caso de García Márquez, que llegó a México en torno a 1963 en un carro destartalado, procedente de Nueva York y sin trabajo, con su esposa y dos niños pequeños, sin un peso, y que había publicado un par de cuentos en la revista que Fuentes dirigía. ¿Cómo conociste a Gabo?, le pregunté una vez, y Fuentes respondió: “En una fiesta en la casa de Álvaro Mutis. Desde ese día nos hicimos amigos”. Fuentes era famoso, rico, aristócrata, pertenecía al jet set capitalino, estaba casado con la actriz de moda (Rita Macedo), era guapo y elegante, en fin, lo tenía todo, ¿cómo se hizo tan amigo de un inmigrante colombiano recién llegado? Por supuesto que García Márquez debía tener un aura poderosa, pero intento imaginar hoy a un joven de 30 años mimado por la fama y el dinero, políglota, amigo de Arthur Miller y Buñuel, que tenía amoríos con actrices de Hollywood, y la verdad me impresiona su apertura de mente, su gran intuición.
En una ocasión le pregunté si no le interesaría escribir sus memorias, y me dijo: “No, ¿qué voy a escribir? Mi vida dejó de tener interés a los 22 años. A partir de ahí sólo podría decir: me senté y escribí un libro”. Más adelante volví a poner el tema, y él sentenció: “Las memorias sólo sirven para molestar a tu mujer y pelearte con tus amigos, ¿no?”. Sin embargo la idea acabó por seducirlo y estaba escribiendo textos biográficos que me propuso leer antes de publicar. Un honor que no alcancé a tener.