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Cosas de 2011 (II)

01 de enero de 2012 - 06:03 p. m.

DEL BOOM AL NOTEBOOM. NO ES nuevo ni se encuadra específicamente en 2011, pero como lector fue una especie de epifanía sentir otra vez, con gran potencia, la fuerza reveladora de la literatura de viajes.

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La leo hace al menos 15 años, e incluso escribí un libro sobre Pekín, pero en el año que pasó ese placer se convirtió en una verdadera pasión. En mayo hice un taller sobre el tema en una universidad chilena y a mediados de año, a raíz de una visita paterna, comencé a leer en serio a Cees Noteboom, sintiendo de nuevo ese cataclismo que se apodera de uno cuando descubre profundamente a un autor. Sus aventuras por África o Asia, por España o América Latina, o incluso cuando habla simplemente de su casa de Mallorca, me llevaron a ponerlo de inmediato en mi caverna sagrada, al lado de Paul Theroux y V.S. Naipaul. Poco después debí viajar a Buenos Aires. Allá encontré a Martín Caparrós, de quien había leído una excelente novela, A quien corresponda, pero nada más, así que me hice con una dotación casi completa de sus libros viajeros. Leí de un tirón Una luna y luego Contra el cambio, que son como un mismo libro, y luego su excelente El interior, un viaje por Argentina, y finalmente Dios mío, sobre la India, y me dije, este es, Caparrós es el Noteboom latinoamericano. Podría hablar de más libros, pero lo he hecho durante las 26 pasadas semanas y la verdad es que siempre he sido reacio a las listas decembrinas que se anuncian bajo el título de “Los mejores 25 (ó 10 ó 50)”. Y explico por qué.

Aunque sé que estas antologías de fin de año no son todas iguales y que algunas son prestigiosas y se presentan como “químicamente puras”, la verdad es que siempre me han parecido muy sospechosas, pues, so pretexto de festejar los libros, en la práctica están destinadas más bien al enaltecimiento del propio crítico (o medio en el que escribe) y a entronizar su parcela de poder en el mundo de las letras. Algo así como el día internacional del crítico celebrado por él mismo. Por eso cuando confecciona su lista se esmera en mostrarnos, cual pavo real, la intensa variedad e iridiscencia de su plumaje: los idiomas que entiende y en los que lee, su gran capacidad de concentración, su pertinencia en temas de alto vuelo, su proverbial originalidad y sus exquisitos y variados gustos. También puede expresar lealtades o inquinas bajo un piadoso manto o mostrar algún aspecto nuevo y sorpresivo de su personalidad. En el fondo, detrás de la rimbombante lista anual, lo que hay es una luminosa pasarela y un espejo (espejo, espejito).

Nobleza (y cambio de tema). Pero el acto que más me impresionó de 2011, el que, por decirlo así, me conmovió y al mismo tiempo me puso la piel de gallina, fue la decisión de 50 ingenieros japoneses de quedarse trabajando en la central de Fukushima, con la radioactividad saliendo por las grietas, para mantener refrigerados los reactores y evitar una catástrofe mayor a sus compatriotas. No es común ver entre los humanos de hoy semejante gesto de nobleza y, al mismo tiempo, de responsabilidad. Es un acto que quisiera poder emular, llegado el momento, y que anhelo ver repetido en las situaciones difíciles que, sin duda, nos prodigará este nuevo año.

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