Viendo el desastroso Gobierno que nos desgobierna, sin norte alguno; el franco deterioro de la convivencia nacional, con la sanguinaria serie de asesinatos de líderes sociales y excombatientes de las Farc, y la inmoralidad del discurso oficial, me digo que la razón de todo esto es que nos hemos convertido en el país de la disidencia. Las columnas de las Farc que no se unieron al proceso de paz para seguir haciendo narcotráfico son las “disidencias” más conocidas; pero en el país legal, ¿cuándo comenzó la disidencia?
La primera fue la campaña por el No en el plebiscito de 2016. Con mentiras, posverdades y difamaciones, aprovechándose de la poca o nula educación de una mayoría de compatriotas, y con el apoyo de los estamentos más corruptos de la sociedad, incluidas las iglesias evangélicas, el Centro Democrático obtuvo esa estrecha victoria que obligó a la renegociación del acuerdo, el cual fue, finalmente, ratificado en el Teatro Colón. Pero una vez hecho, la ultraderecha criolla se declaró de nuevo en disidencia. Y con el mismo sistema del plebiscito, asustando a los ignorantes y con el apoyo de grandes capitales interesados en que las cosas no cambien, volvieron al Gobierno en 2018. En otras palabras: la disidencia acabó por ganar el poder y se volvió oficial.
En este punto, el territorio nacional empezó a albergar dos naciones enfrentadas: el país del Acuerdo de Paz, que quedó en minoría y en estado frágil, aunque con un gran prestigio internacional, y el país de la disidencia, que quedó en el Gobierno, en gran parte de la producción del narcotráfico controlado por la disidencia ex-Farc y en las bandas criminales ligadas al tráfico de drogas que, de algún modo, son a su vez disidentes de un primer paramilitarismo en apariencia pacificado, pero que al ver que la disidencia se encaramó al poder, volvió a salir de su escondrijo y a llamarse por su verdadero nombre.
Y así, el país de la disidencia ya está completo: un Gobierno como de los años 80 que añora la guerra, una exguerrilla dedicada a enviarle coca a los carteles de México, un paramilitarismo dedicado a disputarse el poder en las zonas de cultivo, al negocio de la coca y a asesinar a los enemigos de los latifundistas, que son los mismos del Gobierno, y unas Fuerzas Armadas en las que, también, predomina hoy la disidencia al proceso de paz, con mandos deseosos de echar bala y en carrera con los falsos positivos. Todos disidentes del otro país, el de la paz, del que Duque solo habla en el exterior (si no lo abuchean). Por eso mismo, tras una ola de regresos y esperanza en 2016 y 2017, los colombianos se vuelven a ir del país. En los primeros cinco meses de 2019, España recibió más de 10.000 peticiones de asilo; el doble que en todo el 2017, y seguirá en aumento.
Hoy, leyendo en la página oficial los insignificantes logros del viaje de Duque a Europa, uno comprende que su Gobierno es también disidente de algo más profundo, que es la inteligencia. Y hay más: al ver su insensibilidad ante los asesinatos, cada vez más osados e inhumanos, se entiende que todo ese país del poder recuperado, en su alma oscura y en lo profundo de su conciencia, es una enorme disidencia de la cultura y de la civilización.