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Es tiempo de unirse

28 de septiembre de 2018 - 03:05 p. m.

El gesto amistoso de los presidentes de las dos Coreas, norte y sur, que hasta hace muy poco eran enemigos firmes y cuya única comunicación consistía en provocarse con desfiles militares y pruebas nucleares, es una de las imágenes más aleccionadoras de estos años. Ahora se pasean juntos, se toman fotos sonriendo y, como prueba de que el criterio y la pasión a veces coinciden, anunciaron que en los próximos Juegos Olímpicos enviarían un solo equipo, lo que quiere decir que, al menos en el deporte, empezarán a trabajar juntos, mostrando que la historia tiene momentos para separarse, claro, pero también para volverse a unir entre lo parecido y lo que es igual.

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Gran lección para nosotros, latinoamericanos, tan instalados dentro de nuestras fronteras. Porque la idea de una América Latina unida, siendo realistas, no ha tenido un fuerte arraigo. Su unidad, hasta hoy, ha sido sobre todo una metáfora propuesta por Eduardo Galeano y Rubén Blades, por Neruda y la Casa de las Américas de Cuba, pero nunca por sus élites y menos aun por sus gobernantes. Los países latinoamericanos, históricamente, se han preocupado más de sus relaciones con Estados Unidos que con sus propios vecinos.

Un ejemplo es Colombia. Ahora que Venezuela se derrite como un helado de vainilla a pleno sol, y que los venezolanos pobres cruzan la frontera con lo que pueden llevar sobre sus hombros (cual troyanos huyendo de Troya en llamas), aquí se debate la conveniencia de un costoso sistema antiaéreo para evitar bombardeos de países vecinos (es decir de Venezuela). Y del otro lado responden movilizando el Ejército hacia la frontera, lo que hizo que a su vez el inefable Trump, en Naciones Unidas, dijera que Estados Unidos estaba listo para actuar al lado de Colombia. Si esto no fuera tan grave, la verdad es que sería como para sentarse a llorar de la risa. Qué falta de visión histórica y de realismo, pienso, cuando el verdadero problema de esa frontera son los miles de venezolanos pobres que vienen hoy a Colombia (los ricos ya vinieron hace diez años) y los cinco millones de colombianos que se fueron para allá en décadas pasadas.

Por eso, en lugar de jugar a los matones en Naciones Unidas, sacando al ruedo al patán mayor de pelo color zanahoria y dándole categoría de analista serio a Pachito Santos, se debería mirar hacia la lejana Corea y comprender que tal vez no está lejos el momento de eso que Bolívar llamó la Gran Colombia, uniendo a Colombia y a Venezuela, que en realidad son un solo país dividido por una absurda frontera. Cual plátano maduro, Maduro caerá al suelo muy pronto y entonces sí que podría ser el momento de experimentar algún tipo de unión. Si se mira desde Caracas, Colombia es una especie de Venezuela occidental; y visto desde Bogotá, Venezuela es una Colombia oriental.

¿Serán capaces nuestros gobernantes de asumir un reto de este tipo, inspirándose ya no solo en Corea, sino incluso en la Unión Europea, donde un ciudadano de un país puede irse a vivir y trabajar donde el vecino sin la menor restricción? Colombia y Venezuela, juntos, serían un país mejor y más rico, y si con el tiempo se une (o reunifica) Panamá, sería un verdadero polo continental. Valdría la pena considerarlo.

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