El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Escribir en paz

28 de octubre de 2016 - 03:38 p. m.

La historia de occidente comienza con una larga guerra, la de Troya.

PUBLICIDAD

O más precisamente: empieza con la narración de dicha guerra. Por eso, hablando del origen del moderno género novelesco, el crítico George Steiner dice que sólo hay dos tipos de libros: la Ilíada y la Odisea. Pero al ver el estado del mundo, al mirar a nuestro alrededor, comprendemos que la guerra de Troya no ha terminado y que en todas las sociedades en conflicto se enfrentan dos tipos humanos: el que busca conciliar para transformar el desacuerdo en algo racional y asumible, y el justiciero iracundo que pretende llevar su furia hasta una llamarada purificadora de devastación. Chejov versus Shakespeare. El primero busca la paz, el segundo la guerra y la destrucción poética. Pero Kant consideró que la paz no es un estado de la naturaleza, no es natural, y por lo tanto se debe propiciar o negociar, pues es el resultado de un largo proceso. Por eso es mucho más fácil ser violento que pacífico, y por eso el llamado del odio y de la guerra, en política, hace rugir a las masas y es bastante más redituable que la mesura y el diálogo.

En otras palabras: la civilización opuesta a la barbarie.

La literatura escribió todas esas gestas humanas y gracias a eso hoy podemos revivirlas e incorporarlas a nuestro imaginario. Eso nos permite ir allá donde nunca fuimos, estar en batallas colosales, ser el héroe que levanta la espada y el soldado que recibe el golpe. La vida es breve y la literatura es larga y no tiene límites, y por eso nos permite multiplicar la maravillosa sensación de estar vivos. Porque un libro leído con intensidad se suma a nuestra vida, no sólo a nuestra biblioteca.

Por todo esto la aspiración de una sociedad es la de escribir y leer en paz, pues sólo a través de la cultura los grandes conflictos se transforman en conocimiento, y ese conocimiento y las convicciones inamovibles a las que se llega gracias a él, son tal vez la única retribución que se obtiene después de la gran derrota que supone una guerra. Porque las guerras no se ganan ni se pierden, solamente se sufren. Y todo el que ha estado en una guerra, así salga ileso, es un herido de guerra.

Por eso es tan urgente que hoy, después de esa primera y dolorosa derrota de la paz, se pueda consolidar un acuerdo definitivo que permita empezar a sanar no sólo las heridas del conflicto con la guerrilla, que hoy parece lo más fácil, sino las más profundas y graves que tiene la sociedad civil, esa que nunca disparó un tiro y que, según creíamos, estaba toda de un mismo lado, acosada por las mismas urgencias y anhelos, pero que hoy vemos rota, desvertebrada, levantando muros de odio y trincheras. Porque ahora el conflicto salió de la manigua y se deslizó a las ciudades y veredas. Ya no es con metralletas y entre uniformados de los tres bandos, sino entre civiles desarmados, de jeans rotos o vestidos de corbata, de ropa de trabajo o informal, que se dividen en varias facciones: los que quieren acabar con esto ya aceptando el acuerdo, los que también quieren pero no de ese modo, los que no quieren de ningún modo y prefieren dividir el país (algo así como Colombia Oriental y Occidental) y, por último, la gran mayoría, los que más me intrigan: esos apáticos a los que nada de todo esto importa.

 

Conoce más
Ver todas las noticias