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Estudiantes y políticos

12 de octubre de 2018 - 03:19 p. m.

Imposible, tras la marcha estudiantil, no evocar una canción de Violeta Parra, siempre con la palabra justa, bella e implacable: “Me gustan los estudiantes porque son la levadura / del pan que saldrá del horno / con toda su sabrosura”. Las imágenes de las avenidas repletas de jóvenes coreando eslóganes me conmovieron. “Una muchedumbre gnoseológica”, diría Lezama Lima. El día de las marchas me encontraba en Medellín cumpliendo un compromiso adquirido hacía meses con la Feria del Libro de la Universidad de Antioquia. Llegué temprano y estuve con los jóvenes cuando se disponían a salir, desafiando el aguacero, con esa mirada limpia y esperanzadora de quien busca la coherencia y sabe que lo mejor de la vida está aún por venir. Luego, en la tarde, debí ir al auditorio para mi charla y quedé sobrecogido. Un teatro de mil sillas casi completamente vacío. El escritor Juan José Hoyos y yo debíamos hablar de la lectura y la realidad, pero comprendí que la única realidad, en ese momento, era el solitario auditorio y, afuera, las avenidas repletas. Y sentí orgullo al pensar que cada una de esas sillas vacías era un muchacho en la calle defendiendo la universidad pública.

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Por eso, aun así, hablamos, creyendo que nuestras palabras podrían esperar a los jóvenes flotando en ese ambiente incontaminado, alrededor de la escultura de Arenas Betancur, la biblioteca y el mural del maestro Pedro Nel Ospina. Una geografía muy personal, pues mis padres fueron profesores ahí hace 50 años, antes de llegar a la Nacional de Bogotá, donde hoy mi hermano es docente. Tres generaciones en la universidad pública. Un espacio que representa el anhelo de una sociedad más abierta y democrática, y que mide el esfuerzo de un Estado para que sus ciudadanos gocen de las mismas oportunidades. Es lo que testimonia la universidad pública en Europa, en Argentina y México. Por eso sirve de termómetro a una sociedad, y apoyarla es una opción no sólo social, sino política. Sobre todo política.

De ahí que sea normal y necesario que los políticos participen y se involucren, pues, hoy, es probablemente el debate central de la sociedad colombiana. Por eso no me aterra que Petro haya tomado la palabra en la Plaza de Bolívar, al revés. Me parece fundamental que lo haga, igual que Claudia López y Sergio Fajardo, que expresaron su apoyo a través de videos. Porque pretender y exigir que un movimiento estudiantil no sea político es también una posición política: la de quienes ven a la universidad pública con recelo y prefieren que su voz sea percibida sólo como un aséptico ejercicio de comunicación de masas, pero sin consecuencias. ¿No fue político el mayo del 68? ¿No fue político el movimiento de Tlatelolco, que acabó en masacre? ¿O el de los estudiantes de Ayotzinapa, también en México? Cuando un Estado represor desaparece estudiantes, como ha pasado tantas veces en las mazmorras de nuestra historia latinoamericana, ¿no es por motivos políticos? El uribismo reinante sabe muy bien que en el ecosistema de la educación pública no es muy querido, de ahí que, tras dar una solución muy poco convincente, haya preferido redoblar sus diatribas contra Venezuela, a la que tanto deben. ¿No es esto también un hecho político?

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