Ganará el Sí, estoy seguro, y ojalá por una enorme diferencia que no deje lugar a dudas.
Debo confesar que el plebiscito me pareció siempre un riesgo innecesario, pero hoy lo que le veo de bueno es que invita a la sociedad civil a apersonarse del asunto: es la paz de todos, no una paz teórica y lejana (como la de Ralito), sino algo que va a influir en la vida de cada uno de nosotros, para siempre, y por eso es probablemente la elección más importante de nuestras vidas. Cuando elegimos mal a un gobernante lo podemos corregir cuatro años después, pero aquí, si elegimos mal, las consecuencias serán mucho más graves, pues no hay cálculo posible de cuándo volveremos a tener una oportunidad similar. Porque con todo el respeto que elegí tener por ellos, los compatriotas del No deben ser conscientes de que las Farc no han dicho nunca que aceptan volver a negociar si gana el No, y mucho menos si es para que sus jefes vayan a la cárcel y les quiten la posibilidad de hacer política. Ni que fueran bobos, ¿cómo van a aceptar eso? Lo que exigen los del No son condiciones que sólo puede imponerle un vencedor a un vencido en combate, imposibles de obtener en negociación alguna. Por eso cuando prometen renegociar están ofreciendo algo que no tienen, pues para hacerlo necesitan que la contraparte acepte de antemano sentarse. ¡Y las Farc nunca han dicho que renegociarán! Así las cosas, ¿con quién van a negociar los del No?
Pero esto, afortunadamente, no llegará siquiera a plantearse, pues veo en las encuestas que una mayoría importante de colombianos se inclina por el Sí. Así es la democracia: el Sí le impondrá a la minoría del No algo que ellos no quieren, que es vivir en un país pacificado y con una exguerrilla que hace política sin armas. Imagino y respeto su desagrado ante tal situación, pero me consuela saber que sobrevivirán, pues se puede vivir con eso, créanme. La rabia y el deseo de venganza irán cediendo y el nuevo aire que va a respirarse en el país, poco a poco, dejará de producirles mareo y lentamente se acostumbrarán. No será fácil y puede que nunca lleguen a disfrutarlo, pero al menos no morirán de asfixia, de eso estoy seguro.
En cuanto a Uribe, la verdad es que siento compasión por él. ¿Qué va a hacer el 3 de octubre? ¿Cuál va a ser el contenido de su política? ¿De qué hablará? Supongo que seguirá acusando a Santos de cuanto mal ocurra en el país, obviamente, pero su doble yo o amigo imaginario ya estará diciéndole, oiga, estimado jefecito, home, ¿no cree que los electores nos están jubilando?, ¿no le parece como bastante obvio el mensaje, nada subliminal por cierto? El gesto humanitario del gobierno de Santos sería establecer de inmediato relaciones diplomáticas con Islas Tonga, un bonito archipiélago en el Pacífico, con un clima sabroso, y nombrar a Uribe embajador perpetuo, con Obdulio de consejero y Paloma Valencia de agregada cultural. Habría que crear un cargo para la señora Cabal, que podría ser el de cónsul, si es que su marido no la obliga a irse con él a la resistencia armada. Todo esto le costaría menos al erario que la seguridad del propio Uribe en Colombia y allá podría recogerse y planear su regreso. Tal vez la estrategia para el período 2030-34, por ejemplo.