LA MUERTE DEL ESCRITOR Y POLÍtico español Jorge Semprún, la semana pasada, es un paso más en el lento proceso que, de forma inexorable, transforma el Holocausto en algo cuyo recuerdo está en los libros de historia, pues la memoria viva, la de quienes estuvieron en los campos de concentración y exterminio nazi (los que pueden decir: ¡yo lo vi!), va desapareciendo con el tiempo.
El mismo Semprún, sobreviviente de Buchenwald, lo dijo en una ocasión: “La memoria viva más larga será sólo judía, pues los únicos niños de los campos eran judíos, y ellos vivirán más”.
Semprún salió de Buchenwald el 11 de abril de 1945, donde fue recluido tras su detención por la Gestapo en septiembre de 1943, en Francia, cuando era miembro de la célula “Jean Marie Action” de la resistencia antinazi. Estudiante de filosofía en París, joven poeta, tras su liberación debió elegir entre la literatura o la vida, pues, para él, en ese momento preciso, escribir era permanecer en la memoria de la muerte, revivir la muerte de Buchenwald, y entonces optó por la vida y decidió aplazar la escritura. “Yo reía, me daba risa estar vivo”, escribiría más tarde. La terapia fue dedicarse de lleno a la política, al Partido Comunista Clandestino español, en épocas de Franco, bajo el alias de Federico Sánchez, y sólo hasta 1963 retomó la escritura. Poco después aparecería El largo viaje, su primera novela, que sella su ruptura con el PC. Esto último lo narra en su célebre Autobiografía de Federico Sánchez.
La escritura o la vida, tal vez su reflexión mayor sobre la experiencia de Buchenwald, es su obra maestra. Refiriéndose a un compañero muerto nos dice por qué, finalmente, decidió escribir: “Quizá porque Yann Dessau no regresaría y había que hablar en su nombre, en nombre de su silencio, de todos los silencios: miles de gritos ahogados. Quizá los aparecidos tienen que hablar en el lugar de los desaparecidos, a veces, los salvados en el lugar de los hundidos”. También para analizar la experiencia del Mal radical (das radikal Böse… de Kant), de haberlo padecido, visto, de haber atravesado la muerte, encarnando la frase de Wittgenstein: “La muerte no es un acontecimiento de la vida. La muerte no puede ser vivida”, o ese verso de César Vallejo que irrumpe en su memoria ante el cadáver de un antiguo profesor: “¡No mueras, te amo tanto! Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo!”. ¿No les recuerda algo todo esto? ¿No les suena un poco? Hay una música familiar. Es lo que tantas víctimas en Colombia podrían decir, vociferar, escribir. Y no sobre la realidad de hace 60 años, sino sobre la de hoy.
Por eso me extrañó tanto el silencio de la prensa colombiana sobre el legado de Semprún —ya no digamos el de las revistas especializadas en periodismo literario, al que empiezo a acostumbrarme—, lo que me llevó a la duda: ¿no lo conocen nuestros programadores culturales? En este momento de la historia del país, cuando asistimos a una especie de proceso de Nuremberg del anterior régimen, y cuando se toma conciencia de quiénes son las víctimas y de cuánto se les debe, la obra de Semprún se convierte en fundamental. De cualquier modo, quienes quieran conocerlo deben leer La escritura o la vida, sus memorias, y su novela El largo viaje.