Cualquier intento por comprender a este país, que se comporta como un enfermo psiquiátrico, parece condenado al fracaso. Si hace diez días una mayoría de colombianos estaba enfurecida pidiendo la renuncia del fiscal Martínez tras los episodios sórdidos del cianuro, hoy todo quedó sepultado. La bomba en la Escuela de Policía, asesina y estúpida, fue su perfecto salvavidas. Y no sólo fue la salvación del fiscal: también de un Gobierno con menos del 30 % de aceptación en los sondeos y de una ultraderecha en el poder, pero metida en problemas con la justicia.
A otro nivel, también crecía la indignación por el capricho presidencial de regalarle los parafiscales del ganado al Fedegán de la Cabal y Lafaurie, pero ahora, tras la bomba, ¿alguien se acuerda? La marcha antiterrorista fue un borrón y cuenta nueva. En temas más estructurales, Duque había prometido un gobierno novedoso y fresco, pero lo que hizo fue instalar en puestos clave del Estado a los mismos burócratas de toda la vida, y ahora su gobierno es una especie de Hidra en cuyos mechones se esconden serpientes muy venenosas. Ay, querido Iván, ¿eres de verdad el presidente de este país? Duque se subió al bus de la ética pública con las medidas anticorrupción, pero se bajó en el primer semáforo. Y tras los descalabros de la canasta familiar, los bonos del agua y la huelga estudiantil, ya los colombianos estaban en proceso de abrir los ojos y comprobar atónitos la verdadera esencia, eso que en teatro clásico se llama anagnórisis, cuando de pronto, búm. La bomba.
Confieso que imaginé todo tipo de hipótesis de complot por la increíble conveniencia para el Gobierno y la ultraderecha de ese inmundo acto terrorista. Pero cuando los del Eln lo confirmaron, me quedé atónito. ¿Será que la cúpula de esa guerrilla está infiltrada por el Centro Democrático? Los efectos políticos del ataque, puestos de uno a diez, podrían confundirse con la carta de Uribe y los suyos al Niño Dios. ¿Pensó en esto el Eln? Si se hubieran detenido a analizar durante diez segundos, tal vez se habrían salvado 21 vidas, y el proceso crítico hacia el Gobierno y el tren de la anticorrupción, cosas que ya parecen olvidadas, habrían seguido su camino. Y en cuanto al propio Eln, ¿qué le espera ahora? Si el Gobierno de Duque, asumiendo la condición de víctima (que le pertenece sólo a los familiares de los muertos), está dispuesto a no respetar los protocolos del proceso de paz haciendo quedar pésimo al país, ¿pretenden que algún día se vuelva a reanudar ese proceso? ¿Se le olvidó al Eln que este Gobierno llegó a la Presidencia montado en el No del plebiscito por la paz de 2016? Porque Duque y el Centro Democrático, gracias a la bomba, tienen ahora la guerra que parecían anhelar, y además con el apoyo de una mayoría de colombianos. Un sueño hecho realidad que no van a soltar tan fácil. Y, de paso, los procesos anticorrupción irán desvaneciéndose en el fragor de la batalla, pues siempre tendrán la sombra acechante del enemigo para encubrir y perpetuar el viejo esquema que tanto protegieron, justo ahora que, con la previsible caída de Maduro, perderán el espantapájaros del “castrochavismo”. Y volverá la pregunta: ¿cuántos muertos harán falta ahora para que se vislumbre un cambio?