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Polarización y carreteras nocturnas

15 de abril de 2016 - 03:27 p. m.

Hace unos días fui invitado a un programa de televisión para debatir sobre la polarización en Colombia y el modo en que esta se torna violenta, pero al escuchar a los demás panelistas concluí que ese fenómeno es hoy inevitable y hasta natural por lo contundente que es el proceso de paz, que separa a los que están dispuestos a cualquier sacrificio de quienes preferirían que se hiciera de otro modo, aún a costa de prolongar la guerra.

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Y estas dos posiciones son irreconciliables, como lo son la guerra y la paz, pues en el fondo de eso se trata. Quien está dispuesto a hacer concesiones es visto por el otro como un débil y un traidor, y quien se opone es acusado de guerrerista y de esconder intereses oscuros. En política el bando de la paz tiene a la derecha moderada, al centro izquierda y la izquierda radical, mientras que la posición guerrera es el estandarte de la ultraderecha y de algunos sectores conservadores. Unos dicen que el posconflicto será muy caro, los otros que siempre será más cara la guerra. Que son fachos, dicen unos; que son mamertos, dicen los otros. Posiciones irreconciliables. Polarización.

De ahí la violencia verbal, por la imposibilidad para lograr un consenso. Y el dichoso Twitter convertido en microondas nacional que recalienta y chamusca el lenguaje, con Uribe a la cabeza. No digo que sus rivales no le pongan carga explosiva a sus trinos, claro que lo hacen, sólo que de un modo diferente: en un tono menor, muy al estilo del tradicional lenguaje político colombiano que valora la elocuencia pero también la mesura, que admite la pasión pero con sensatez, y que sobre todas las cosas idolatra esa tradición británica de permanecer impertérrito ante los gritos y gesticulaciones del adversario, en el entendido de que quien grita se devalúa y desvaloriza solo.

Luego está la masa escribiente, la que pulula en los foros y también en Twitter, y es ahí donde uno puede llegar a sentir verdadero pánico. En ese torbellino las amenazas son directas, los reproches son de una grosería insólita y las denuncias sin prueba ni razón golpean a ciegas. A los columnistas nos caen cascadas de insultos y acusaciones, y es ahí donde la polarización de los de arriba, de los líderes políticos, se vuelve peligrosa.

¿Será consciente Uribe del peligro en que pone a la familia Akerman al acusarla alegremente y sin pruebas de ser del Eln? La seguridad de Uribe nos cuesta a los colombianos $18.000 millones al año y por eso él vive tranquilo, pero la familia Akerman, que yo sepa, no tiene escolta, ni tampoco la mayoría de los columnistas a los que él o los suyos acusan, sin fundamento alguno, de ser terroristas o agentes de las Farc. Y no podemos soslayar que en el 2016 el paramilitarismo ya asesinó a 30 líderes sociales. Por eso el juego de la polarización es tan desigual, pues los peligros no son los mismos en cada uno de los lados. Si imaginamos el peligro extremo al que se expone cada bando por las acusaciones de su contradictor, veremos que entre los guerreristas lo peor será tal vez el escarnio público o la acción judicial, pero para los otros, lo peor puede ser un tiro en la nuca y un cuerpo a la orilla de cualquiera de nuestras carreteras nocturnas. Y no es lo mismo.

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