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Simeone y el fútbol de izquierda

27 de mayo de 2016 - 03:19 p. m.

Sigo al Atlético de Madrid desde 1985, cuando llegué a esa ciudad a estudiar la extraña carrera de filología —aún no comprendo por qué hice algo así—, pero sobre todo a vivir lejos de mi país en una época en la que viajar a Europa suponía realmente estar lejos.

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Mis amigos españoles eran seguidores del Real Madrid, el campeón indiscutido, con Emilio Butragueño y el goleador mexicano Hugo Sánchez, famoso por sus goles de chilena y sobre todo por uno que le marcó al Logroñés (que leído al revés es Señor Gol). Pero a mí ese Real, en el que además jugaban Valdano, Chendo, Sanchís y Míchel, me parecía muy arrogante, y descubrí que el otro equipo de la capital, el Atlético, tenía también latinoamericanos: el argentino Luis Cabrera y el uruguayo Da Silva, y su arquero suplente era nada menos que Ubaldo Matildo Fillol.

Un par de años después llegó al Atlético el brasileño Baltazar, que le disputó el premio de mayor goleador al insufrible Hugo Sánchez (eso que allá llaman con el ridículo nombre de “Pichichi”), y mi simpatía por el Atlético se consolidó a pesar de su propietario, una especie de mafioso local de opereta llamado Jesús Gil y Gil (imposible no pensar en Gil y Pollas). Baltazar, por lo demás, era el nombre de uno de los personajes más admirables de El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, mi novela fetiche de juventud. Cuando me fui de España siempre me fijé en la suerte del Atlético. Recuerdo que Pacho Maturana fue a entrenarlo en 1994, llevándose al Tren Valencia, pero duraron pocos partidos. A los colombianos no les suele ir muy bien en Europa, aunque en el Atlético hay dos excepciones: Luis Amaranto Perea jugó seis temporadas muy correctas y Radamel Falcao, que estuvo del 2011 al 2013, tuvo en el equipo sus mayores éxitos (y haberse ido fue su monumental error). A Jackson Martínez, en cambio, le fue muy regular tirando a mal, y esperemos que el año entrante sea propicio para el joven caleño Rafael Santos Borré, que el Atlético ya compró desde el 2015.

Los éxitos del Cholo Simeone, que llegó a dirigir el club en 2011, pusieron al equipo entre los mejores de Europa en apenas cinco años. Su fórmula fue efectiva desde los inicios: abolición de la nobleza, derribo del sistema de castas, creación de una poderosa clase media sobre el terreno. El Cholo descompuso el paradigma del fútbol basado en la teoría del héroe de Carlyle y retomó el concepto de la interpretación no fragmentaria de la realidad. Yo diría que al principio el Cholo fue hegeliano, cuando enunció que “lo verdadero es el todo”, pero a partir de la final de Lisboa de 2014 dio el salto al materialismo dialéctico, sobre todo por su esquema de tránsito “de la cantidad a la cualidad” que hoy le permite llegar a esta nueva final con un equipo en el que hay diez jugadores distintos de la del 2014, a diferencia del Real Madrid, cuyo grupo de ataque es el mismo. Por eso, por la continuidad y coherencia teórica, creo que el fútbol de izquierda del Cholo tendrá que imponerse al viejo sistema de nobleza, desueto y derogado del Real Madrid. Eso sí, esperemos que al final del tiempo reglamentario el árbitro no vuelva a darle cinco minutos de alargue al partido para favorecer la tradición y oponerse al cambio.

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