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‘Tonsa’ Rodríguez de Samper

11 de marzo de 2011 - 10:00 p. m.

EL AMOR DE LOS ABUELOS ES PRObablemente el más limpio y puro, desprovisto de cualquier elemento agregado o contaminante, pues no tiene otro fin que el de expresarse: no busca educar, pues eso lo hacen los padres.

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Tampoco obtener prebendas o dádivas ni necesita ser recompensado ni aspira a nada distinto al simple hecho de ser ejercido. Por eso es tan intenso y en la mayoría de los casos recíproco. Amamos mucho a nuestros abuelos. Siempre recuerdo como un divertido disparate un aviso que leí hace años en un diario de Kenia, en la sección “Ofertas matrimoniales”, donde alguien buscaba una mujer “no educada por los abuelos”. El Día de la Mujer celebrado esta semana tuvo para mi familia y para mí un significado muy profundo, pues precisamente en esa fecha falleció mi abuela materna, Rosa María Tonsa Rodríguez de Samper, de 92 años. Pensando en ella desde la distancia veo a una bogotana nacida en torno a 1920, que atravesó el siglo y vio pasar la historia desde su casa, siempre con un gesto inolvidable de afecto hacia todos, hacia todo. No me cuesta imaginarla, por ejemplo, el 9 de abril de 1948, escuchando con nerviosismo las noticias por la radio, con sus dos hijas pequeñas, vigilando o atisbando por la ventana el regreso de su marido, el abogado Gustavo Samper, que llegó muy entrada la noche y sin dar detalle de los peligros que, suponemos, debió pasar cruzando la ciudad en llamas. Décadas después, cuando el Palacio de Justicia, repitió la experiencia de espera angustiada: mi abuelo dejaba su carro en los garajes del Palacio y durante todo el día no hubo noticias. De nuevo esperó, nerviosa, y otra vez él llegó tarde y sin un zapato, y tampoco esa vez hubo detalles. Tonsa Rodríguez fue una mujer de su tiempo: no fue a la universidad después del bachillerato, como era rigurosa costumbre, pero recibió instrucción en labores artísticas y durante su vida, entre otras muchas cosas, desarrolló el arte de hacer floreros y la jardinería, que en Japón es una de las formas de enseñar el budismo y entre nosotros, en el altiplano cundiboyacense, una terapia contra el mal genio y la envidia. Esa fue su herencia: una incondicional alegría. Jamás la vi llorar o alterarse por los percances cotidianos. Desde niño recuerdo su sonrisa y su abrazo como una demostración de que todo estaba bien, que la vida continuaba y el sol saldría al día siguiente. Le gustaba tomarse sus whiskys. En las fiestas era una gran anfitriona. Leía novelas (le gustaba Vargas Llosa), adoraba la música y las porcelanas. Era alegre, buena amiga. Transmitió valores sólidos a sus cuatro hijos: María Eugenia, magistrada y docente; Carolina, artista, maestra de la facultad de artes de la Nacional (mi madre); Gustavo, abogado y notario, y Olga, ingeniera y consultora internacional. Hizo también felices, muy felices a sus nietos, y le alcanzó para algunos bisnietos. En suma: una colombiana de bien que pasó por el mundo y se fue dejando su huella; una vida cumplida que se apagó pero que se extiende en la memoria de quienes la recordamos, como hago yo ahora, con palabras que aspiran llegar hasta su mano y estrecharla, en esta misteriosa aventura de la existencia de la que todos, un día, tendremos que retirarnos.

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