Las cosas que hace y dice Trump no son exactamente tonterías, aún si tienen toda la pinta de serlo. Pero le falta algo fundamental y es la espontaneidad.
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No creo que Trump sea tan tonto como parece, para nada. Alguien que lleva 15 años sin pagar impuestos en Estados Unidos y que se hace elegir presidente no puede ser tonto. Lo que sí veo, en cambio, es que él y sus asesores son gente extremadamente pragmática. Tienen muy claro algo fundamental y es que hay una gigantesca masa que, esa sí, vive en una nube de tontería y banalidad. Y toda esa gente vota. Ese es el punto central, el objetivo de su representación.
Estados Unidos es un país increíblemente contradictorio: tiene un porcentaje importante de la gente más inteligente, sofisticada y culta del planeta, pero conviviendo con decenas de millones de la humanidad más ramplona, violenta e ignorante de la que se tenga noticia. Es ahí cuando el ejercicio de la democracia se vuelve un reto. Cuando Trump se muestra grosero, agresivo, racista, impertinente y mentiroso, está actuando para esa masa. Parecer así de tonto requiere cierto talento. Él sabe que el papel de gurú virulento y despótico corresponde a la imagen de autoridad que estas personas reconocen y respetan, pues ese debe ser el talante del empresario exitoso en el libreto del American way of life. Trump lo interpreta para ellos porque, en el fondo, depende de ellos.
Vestirse de tonto salvaje tiene sus ventajas. Así como ciertos adultos les hablan a los niños en media lengua para ser queridos y aceptados, hay políticos que le hablan al pueblo raso en media lengua por el mismo motivo. Temen que si se dirigen a ellos como adultos serán vistos con distancia, cual figuras lejanas. Por eso lo mejor es imitarlos por lo bajo. Trump en eso es un gran histrión: tuerce la cabeza a un lado, estira los labios hacia adelante, arruga la frente, aguza los ojos, otea el horizonte con mirada lejana para decir banalidades de aire filosófico, se irrita y representa la furia. Sería divertido si no fuera tan peligroso, entre otras cosas porque detrás está la fila de gobernantes mediocres y lambones del mundo que, para obtener su beneplácito, se esfuerzan por superar su representación de la idiotez. Y ese sí que es el baile universal de los tontos.
Lo vemos en Colombia, donde el gobierno babea de admiración por Trump y no encuentra qué más hacer para congraciarse. Duque, Uribe, la Cabal, Obdulio; el ex mejor amigo de Mancuso y hoy embajador en Washington, Pachito Santos, e incluso Pastrana, examigo de Epstein, en fin, personajillos locales que coinciden con él en su racismo, violencia, grosería, ignorancia y desprecio por las leyes o la ética, pero que se sienten confirmados por el poder de Trump y sabiendo que, entre más universal sea la estupidez, más podrán ellos reforzar sus posiciones. Por eso lo apoyan con sus redes en Estados Unidos. Lo que, dicho sea de paso, es absolutamente innecesario, pues todos sabemos que los hispanos de allá, incluyendo por supuesto a nuestros compatriotas, son en su mayoría de ultraderecha y están felices con Trump, que los desprecia por ser latinos. Misterios de la psicología. No olvidemos que Estados Unidos fue el único país donde ganó el No en el plebiscito de 2016.