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Un foro por la paz

04 de abril de 2014 - 11:00 p. m.

La semana pasada tuvo lugar el “Foro del arte y la cultura por la paz” del Instituto Distrital de las Artes. Como era de prever, el evento se volvió un mitin petrista.

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Se dijo que la mamá del procurador era una nosecuántas, que la destitución de Petro no tenía perdón de Dios… hasta que exploté y dije que Petro no había sido capaz de liderar ni siquiera su propia secta y que ya estaba muerto políticamente en diciembre, cuando lo resucitó temporalmente el fallo de la Procuraduría. No me lincharon porque Alá es grande.

El estilo de los ponentes era de una cacofonía insufrible. La lengua pétrica es inclusivamente incluyente. E incluyenta. Todos los sustantivos, participios y adjetivos masculinos tienen que ir seguidos de su correspondiente femenino. Todos y todas. Juntos y juntas. Embarazadas y embarazados, e incluso sujetos y sujetas. ¡Caramba, si “sujeto” es un vocablo antipático, “sujeta” es la tapa!

La idea en sí del Foro era nobilísima: apoyar los diálogos de La Habana y contrarrestar las arremetidas de mindefensa (el muñeco del ventrílocuo Juan Manuel), de las mismas Farc y de los carroñeros en general. Pero a la hora de definir el papel del arte en esta cruzada, la cosa no era clara porque ¿cómo hacer arte político sin que el auditorio se duerma o se deprima? ¿Cómo lograrlo sin que el resultado sea arte malo y mala política?

Contra todo pronóstico, el Foro funcionó. El escenario era el mejor: el Centro de la Memoria, en el viejo cementerio de la carrera 19 con 24. Martín Barbero tuvo una intervención cortesana. “El futuro de la paz depende de los jóvenes y las mujeres”, dijo ante un auditorio compuesto en su mayoría por jóvenes y mujeres, pero el fondo de su ponencia fue inteligente y sensible. Después apareció Andrea Echeverri y arrolló con su frescura, su capacidad de juego y ese look mitad diva, mitad gamín. Con ella cantó Liliana Montes, que siempre alela al auditorio con sus registros de altísima precisión. Otros personajes que cumplieron la cita fueron Pablo Milanés y Gustavo Santaolalla.

Los ejes temáticos fueron arte y cultura en la paz de Colombia y la región, arte e historia en el relato del conflicto, institucionalidad y políticas públicas para el arte y la cultura, movimientos sociales, nuevas ciudadanías y subjetividades y el proceso constituyente. Hubo panelistas de varios países del mundo. También vimos una obra conmovedora en el teatro La Candelaria. La memoria del cuerpo es una puesta en escena original que, recorriendo la vieja casona del teatro, nos muestra la nostalgia de una viuda a través de los “efectos personales” del muerto, y luego abre el diafragma para entregarnos la panorámica de la guerra con una textura verbal y un pulso gráfico pocas veces visto en la escena colombiana. El montaje apela a todos los recursos técnicos del teatro moderno y pulsa todas las fibras del espectro de las emociones humanas. Chapeau, Patricia.

El concierto de cierre contó con la trova de Milanés, el tango electrónico de Bajofondo, el jazz claramente latino de Antonio Arnedo, los sonidos del agua del Pacífico de Hugo Candelario y la carranga andina de Jorge Velosa.

Finalmente, hasta los escépticos y las escépticas salimos tocados por la filosofía del encuentro, casi convencidos de que el arte puede alternar con la política sin hacer un papelón, casi convencidos de que Petro no fue tan torpe como lo pintan y, cosa clara, que en La Habana se firmará un papel clave para nuestro futuro, pero lo que sigue, la reconstrucción del país y la cicatrización de viejos odios, es una empresa colectiva que pondrá a prueba la grandeza del espíritu nacional.

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