Como en la mitología hinduista, según la cual hay un dios creador del mundo, Brahma, uno que lo conserva y protege, Vishnú, y uno que lo destruye, Shiva, así en la política y el acontecer nacional. Al gobierno presidido por Santos le corresponde el papel de creador y defensor, al lado de sus aliados, y a la oposición de Álvaro Uribe le toca y asume de mil amores el de destructor. El problema, lo que es innovador en un país de gran innovación, es que Uribe hace extensiva su política de arrasamiento y destrucción no sólo a lo que concierne al Gobierno Nacional, sino a todo el país, a ese que supuestamente ama, pero al que presenta como una guarida de narcotraficantes y mineros ilegales, una sociedad distópica en la que reinan el caos, la impunidad y la corrupción, cosas con las que él, por supuesto, no tiene la más mínima relación. Es lo que vemos por estos días: Santos en Francia promoviendo y dando prestigio a Colombia, y Uribe arrasando, hundiendo, aniquilando y aplastándola.
Curioso, pues se trata del mismo país en el que, bajo su Presidencia, sus dos hijitos se convirtieron en multimillonarios; el que, según datos del año pasado, pagaba $1.800 millones mensuales por su seguridad; el que bajo su gobierno construyó un sistema de riego cuyo principal beneficiario sería su finca El Ubérrimo a costo de $3.000 millones de impuestos de todos, y que de ñapa habría recibido 103 hectáreas de baldíos del Estado para sumarlas a su propiedad. En suma, ese mismo país generoso con él y su familia resulta ser ahora una peligrosa guarida, el feudo donde habita la corrupción, pero no la de los suyos, Bula u Óscar Iván, o incluso Iván Duque, célebres odebrechtianos, sino la de los demás, que es la única que cuenta para él; y donde reina la impunidad absoluta, pero no la suya o de sus parientes, claro. Porque lo que él quiere es una nueva legislación que divida los delitos en dos: los de Uribe, su familia y miembros del Centro Democrático de un lado, y del otro, los abominables delitos de los otros. El paramilitarismo que tanto lo favoreció en su carrera política y por el que su hermano deberá responder a la justicia, por ejemplo, debería ser un delito menor; lo grave es haber sido guerrillero en el pasado, como Petro, o haber tenido contactos autorizados (incluso por él) con las Farc, como Piedad Córdoba. ¡Eso sí es grave!
Por eso ahora, cuando hace oficial su alianza con Pastrana y pone en el quemador del gatillo a María del Rosario Guerra (para quemarla más adelante), volvemos a oír de los mismos destructores, cuyo objetivo es acabar a toda costa con el proceso de paz, las mismas palabras, esta vez en boca de Marta Lucía Ramírez: “Por una verdadera paz, contra la impunidad, contra la ignorancia”. Y uno oyéndola se pregunta: ¿contra la ignorancia? Si un partido político ha aprovechado y abusado de la ignorancia de las clases menos educadas ha sido precisamente el Centro Democrático (véase el No del año pasado). ¿Por una “paz verdadera”? Curioso concepto, ¿acaso ellos siguen en guerra? ¿Y con quién, aparte de… el gobierno de Santos? Lo único claro con la nueva precandidata sincelejana es el entusiasta mensaje de Uribe: “¡Para hacer añicos la paz, la candidata Guerra!”.