El ataque a un sindicato de Cartagena en el que Imelda Daza, líder de la UP, daba una charla sobre pedagogía para la paz, sumado al asesinato de por lo menos 160 líderes sociales en diferentes regiones del país desde el inicio del 2016, contrasta con el silencio de los representantes de la extrema derecha colombiana.
¿No se conmueven ante estos crímenes? ¿No los registran siquiera?
En los países democráticos que conozco, cada vez que hay un atentado contra un miembro de la clase política, sea cual sea su ideología, los demás, todos sin excepción, hacen declaraciones públicas de rechazo. Y aunque en muchos casos no sea más que una formalidad, lo hacen para señalar que las diferencias ideológicas, por marcadas que sean, no llegan al punto de sobreponerse a la convicción de que todos deben estar de acuerdo en lo básico, que es el respeto a la libertad de opinión y de hacer política en paz. Que yo recuerde, en Francia, el ultraderechista Jean-Marie Le Pen se abstenía de hacer estas declaraciones, lo que de inmediato ponía las luces sobre él, puesto que no repudiar públicamente un atentado no sólo es indecoroso, sino, sobre todo, muy sospechoso. Un silencio ensordecedor y cargado de presagios.
Es en este contexto que me gustaría analizar el silencio de los miembros del Centro Democrático por estos atentados contra la izquierda política (y pacífica), empezando por el silencio del propio Dr. Uribe. No sólo no hace la más mínima referencia a ellos en sus obsesivos y minuteros trinos, sino que vive como si nada de eso existiera. ¿Deploran él y los suyos estos hechos? ¿Les son indiferentes? ¿Los aprueban? Como nada dicen, podemos suponer cualquier cosa.
Para nadie es un secreto que la retórica guerrerista del Centro Democrático ha contribuido a encender, aunque sea de forma indirecta, la guerra sucia. No ha pasado un solo día, desde su fundación como partido, en que no alerten de forma irritada sobre los peligros que, según ellos, corre la patria, que en sus libelos está a punto de entregarse a ese lucifer que para ellos es el castrochavismo, el cual amenaza a sus hijos con obligarlos a militar en las Farc y a hacer el matrimonio gay.
Como es sabido, esta mirada enfermiza sobre la realidad se debe al proceso de paz, que ellos ven como la suprema traición. De ahí que cualquier cosa que lo ponga a tambalear a ellos les conviene. Pero a pesar de esto, que yo sepa, la justicia no tiene pruebas concluyentes que permitan establecer un nexo entre los líderes de ese partido, el CD, y los grupos armados de ultraderecha. Aun si personajes como Santiago Uribe ya están detenidos y esperan a ser juzgados, aun si todos hemos escuchado a Lafaurie acusando y señalando a los campesinos de ser guerrilleros por querer recuperar sus tierras, la verdad es que la justicia no autoriza a relacionar estos grupos armados con el Centro Democrático, aunque tampoco hay prueba que los exima de toda culpa. Y ese es el problema. Por todo esto sería muy útil conocer la opinión del Dr. Uribe sobre estos atentados a líderes de izquierda, aunque no sea más que para quitar del horizonte la leve sospecha.
Y para que nadie pueda decir que, muy en el fondo y con su silencio, tal vez los aprueba.