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25 años del Muro

02 de noviembre de 2014 - 10:00 p. m.

Contrario a lo que muchos académicos y analistas argumentan, la caída del muro de Berlín, hace 25 años, no significó el triunfo de la economía de mercado sobre la economía planificada. Tampoco fue el triunfo de un sistema social sobre otro, el del capitalismo sobre el comunismo.

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Citando al filósofo Karl Popper, la revista The Economist dio en el clavo hace un cuarto de siglo cuando dijo que lo que realmente cayó con el muro fue la última de las grandes filosofías de la certeza.

En 1945, el autor de La sociedad abierta y sus enemigos caracterizó a las filosofías de la certeza como aquellas que pretenden conocer las leyes que determinan el curso de la historia y conciben a la sociedad como una estructura totalizante y cerrada, en las cuales el individuo está subordinado a un sistema, Estado, partido o tribu.

En las sociedades así concebidas y gobernadas —muchas veces en forma genuinamente sincera— el líder supremo, o la vanguardia o el partido único, tienen la certeza de lo que hay que hacer, de los errores que hay que corregir. Conocen ya la solución final para todos y para siempre.

Y, como son poseedores de la verdad, no hay costo en que no se pueda y no se deba incurrir para lograr la felicidad. Por eso, a comienzos del siglo XX, Lenin habló sobre la necesidad de quebrar muchos huevos para hacer la gran tortilla social y, así, se entiende que Stalin sacrificó a más de 2 millones de Kulaks para construir el comunismo, o que Hitler exterminara a 6 millones de judíos para crear el gran Estado alemán, o Pol Pot matara a más de 2 millones de camboyanos. Pero son también las filosofías que justifican el paredón, el cierre de los medios de comunicación, el exilio o la llamada combinación de todas las formas de lucha.

Frente a estas cosmovisiones, la sociedad abierta es aquella en que el Estado está en función de todos y cada uno de los individuos, la que concibe a la naturaleza humana como incierta, la que entiende que se pueden tomar decisiones que pueden estar equivocadas, la que cree que nadie tiene las soluciones a todos los problemas, la que está organizada en forma tal de si toman decisiones erradas es posible corregirlas. La sociedad abierta puede ser científica, no porque tenga leyes que determinan su curso, sino porque puede avanzar aprendiendo de sus errores.

Por eso, la sociedad abierta es la que permite y estimula la crítica, la que delibera, la de la libre expresión, la que tiene una sólida sociedad civil, la que cambia a los gobernantes sin derramar sangre, la que consagra la separación de poderes, la que limita el poder de los gobernantes en el espacio y en el tiempo, la de la democracia y la de la libre empresa.

Por eso, hace 25 años no triunfó un modelo económico y social sobre otro. Lo que realmente triunfó fue una concepción de la racionalidad humana sobre otra. La que frente a la filosofía de la certeza ha incorporado en sus instituciones, desde las científicas a las políticas, un principio de racionalidad humilde, simple, pero poderoso. Un principio que, según Popper, dice: “yo puedo estar equivocado, usted puede estar en lo cierto, y, haciendo un esfuerzo, juntos podemos acercarnos un poquito más a la verdad”.

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