A mí no me extraña la baja popularidad que tiene el alcalde de Bogotá, Enrique Peñalosa.
Según la última encuesta Invamer-Gallup, su imagen desfavorable es de un 67 por ciento, quizá la más alta entre los mandatarios de las ciudades más grandes y entre los principales dirigentes del país. En esa coyuntura, varios comités han inscrito pedidos de revocatoria de su mandato ante el Consejo Nacional Electoral.
Esa imagen desfavorable era predecible por la brecha que se abrió entre las enormes expectativas por su triunfo y las dificultades para mostrar resultados en tan solo 12 meses. Y esas expectativas eran gigantescas por la frustración de los ciudadanos de la capital con unas administraciones que fueron incapaces de mantener el ritmo de modernización y resultados de las Alcaldías de Jaime Castro, Antanas Mockus y el mismo Peñalosa, cuando la ciudad se convirtió, no solo en un oasis en un país con un Estado que era visto en el exterior como fallido, sino en un modelo a replicar en el mundo. En el caso de la Alcaldía de Moreno, hubo una verdadera reversión con los mayores escándalos de corrupción, quizá, de la historia del país.
Hay, entonces, frustración porque la gente no percibe resultados, así como también hubo frustración al primer año de su primera Alcaldía, cuando su imagen desfavorable era aún mayor a la de hoy y alcanzó casi un 80 por ciento.
Pero a mí no me preocupa esta situación, que atribuyo más a una falta de comunicación de la administración, y creo que hay muchas razones para ser optimista. Primero, porque ya hay resultados en seguridad, patentes en la reducción de la gran mayoría de delitos. Hay resultados porque se han estructurado ya muchos proyectos de obras públicas y de servicios sociales y se les han encontrado las fuentes de financiación. Hay resultados porque Peñalosa logró armar un excelente equipo de colaboradores que conocen muy bien sus temas, están trabajando a plena máquina y han logrado una buena relación con el Concejo de la ciudad.
Pero, quizás el alcalde mismo es la mejor garantía de que, al final de su mandato, Bogotá habrá dado un paso firme en la dirección correcta. Porque Peñalosa es la persona que más conoce los problemas de Bogotá y los problemas recurrentes de las principales urbes del mundo. Es un gran administrador y, por tanto, cuenta con el insumo más valioso y escaso para la provisión de bienes públicos que es, precisamente, la capacidad de gestión y de administración de una entidad. Tiene principios firmes, sabe para dónde va y cuenta con una agenda positiva, en el sentido de que concibe el desarrollo como un juego de suma positiva, en el que ganan todos los sectores. Es el extremo opuesto a quienes lo conciben como un juego de suma cero (donde el bienestar de unos es a costa de otros), de agendas negativas, de lucha de clases, de concepción dicotómica de la sociedad, cuyos desastrosos resultados son patentes en la hermana república de Venezuela.
Por estas razones, tengo la plena seguridad de que, al final de su mandato, tendremos una capital con un avance notable en educación, en convivencia ciudadana, en seguridad y también en movilidad, con el metro y la avenida ALO en construcción, con nuevas líneas de Transmilenio y con los accesos a la ciudad mejorados, entre otras realizaciones.