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Ahora, la leyenda

03 de junio de 2012 - 06:00 p. m.

Quienes están esperanzados en que la muerte de Chávez va terminar o, por lo menos, apaciguar el entusiasmo y el ímpetu de la llamada revolución bolivariana, es mejor que no se hagan muchas ilusiones.

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Porque, según el dicho popular, no hay novia fea, ni muerto malo. Y la historia nos ha enseñado que la muerte anormalmente temprana de un político popular, no sólo borra lo que haya tenido de malo, sino que, muchas veces, lo transforma, además de bueno, en un personaje de leyenda, en un fantasma mítico que vive para siempre y que se acomoda a todo lo que la gente quiere hacer de él o de ella. A un personaje verdaderamente grande, como Lincoln, la muerte, a los pocos días de terminada la Guerra Civil, lo inmortalizó al punto de que, desde hace siglo y medio, todos los jóvenes norteamericanos memorizan su oración de Gettysburg o sus dos discursos de posesión. A otro presidente que no fue tan grande, como Kennedy, su trágica muerte y la de su presunto asesino crearon un drama, que es recurrentemente revivido en todo el mundo, y que hizo olvidar los errores de su presidencia y sus escándalos personales. Efectos similares produjeron las muertes tempranas de personajes como el Che Guevara, Martin Luther King y, entre nosotros, la de Gaitán. Las imágenes que permanecen en las mentes de sus contemporáneos y en las de las generaciones subsiguientes son las de unos héroes en la plenitud de sus vidas, cortadas abruptamente por una bala asesina.

A diferencia de las anteriores, la vida de Chávez se apaga, no por un atentado, sino por un cáncer que lo consume lentamente. En ese sentido, su drama es similar al de Eva Perón, afectada también por un cáncer, que fue utilizado por el Estado argentino en provecho del proyecto político del general Perón. No es exagerado decir que la tragedia de la enfermedad y de la muerte de Evita es, en gran medida, la causa del mito y de la vigencia del peronismo, que ha gobernado a la Argentina desde hace más de medio siglo. Seguramente, la muerte de Chávez va a generar un fenómeno similar. Porque, además del dramatismo de la enfermedad, como argumenta Enrique Krauze en su magnífico libro sobre el comandante, por razones que no son fáciles de explicar los venezolanos han tenido una baja devoción por los santos religiosos, pero sí han tenido una tendencia sui géneris a producir, honrar y venerar santos laicos, como José Gregorio Hernández, Francisco José de Sucre y, el más grande de todos, Simón Bolívar. Por el contrario, en el resto de América Latina, los santos siempre fueron religiosos, como la Virgen de Guadalupe, en México, o la Virgen de Quito, en Ecuador, o San Martín de Porres y Santa Rosa de Lima, en Perú. Y, entre nosotros, la Virgen de Chiquinquirá, la Virgen de Las Lajas o el Señor de los Milagros, de Buga. Además de su populismo y de la repartición masiva de prebendas, la popularidad en vida de Chávez radicó en haber entendido su apego a esos santos seculares y en haber convencido al pueblo de ser uno de ellos. Y, si eso fue en vida, quienes temieron a Chávez en el pasado tienen que prepararse ahora a enfrentar a un fantasma mítico, a una leyenda que vivirá para siempre en el santoral laico de la historia de Venezuela.

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