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Álvaro Camacho G.

25 de diciembre de 2011 - 11:42 a. m.

Desde hace varios años he tratado de practicar la máxima según la cual a las personas que admiro, quiero y aprecio debo homenajearlas en público y en vida.

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Por eso, hoy me duele mucho escribir sobre la repentina desaparición de Álvaro Camacho. Porque sólo después de su muerte escribo para manifestar mi aprecio y admiración por su obra intelectual y por ser el gran ser humano que era. Aunque no estuve entre su círculo de amigos mas cercanos, lo conocí hace mucho tiempo y, desde hace casi cuatro años, tuve el privilegio de verlo una vez al mes, en la tertulia que se reúne en la Casa-Museo Carlos Lleras Restrepo, gracias a la hospitalidad de José Fernando Isaza, rector de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, dueña y administradora de la hermosa residencia. Allí, en la mansarda y rodeados por los libros del expresidente (según Camacho, el mejor de todos los que ha habido en Colombia), Álvaro era infaltable en esa inusual mezcla de politólogos, economistas, sociólogos, historiadores y juristas, reunidos para charlar sin tapujos sobre los problemas del país. Aunque no intervenía mucho, era genial interactuar con él, especialmente en los pequeños grupos que se armaban antes o después de la charla principal alrededor de la mesa grande.

Allí brotaban su elocuencia, su irreverencia y humor negro y socarrón. Porque el humor era, quizá, el mejor aliado en sus dificilísimos temas de investigación: la violencia, el narcotráfico, el conflicto armado y la seguridad ciudadana. A estos temas dedicó su larga vida académica, como profesor y jefe del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad del Valle, como profesor, investigador y director del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (IEPRI) de la Universidad Nacional y, durante los últimos 10 años, como director del Centro de Estudios Socioculturales (CESO) de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes. Pero, además, fue consultor de la Organización Panamericana de la Salud, consejero en temas de seguridad del alcalde Antanas Mockus y profesor visitante de la Universidad de París III.

Para practicar su humor negro y para mofarse de muchos personajes públicos, Camacho tenía mucho material y lo utilizaba en extenso, como los políticos envueltos en el paramilitarismo, o los robos en la contratación pública o los funcionarios que se autopromocionan con separatas en los periódicos. Pero en los temas de sus investigaciones era un académico en el sentido de la palabra. Comprometido por entender las dinámicas de la violencia, el narcotráfico y el conflicto interno, soñaba con un país más justo y con más oportunidades para todos. Era un intelectual de izquierda que creía en el Estado Social de Derecho y aborrecía la violencia política. Y creía firmemente en la razón, no porque considerara que él tenía la verdad y la solución a los problemas de la sociedad, sino porque estaba dispuesto a escuchar con respeto y a aprender de las opiniones de otros, muchas veces opuestas a las suyas. En ese intercambio de ideas y de opiniones, el interlocutor descubría, no sólo una inteligencia privilegiada, sino también a una persona elegante, fina y respetuosa del idioma y del buen hablar. Todas esas cosas extrañaremos en las tertulias de la Casa-Museo Carlos Lleras Restrepo. Pero, sobre todo, ese humor que tanto le servía, y nos debería servir a todos, para poder vivir mejor en un país con las dificultades y problemas a los que dedicó su vida Álvaro Camacho G.

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