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Amor ilíquido

26 de junio de 2013 - 06:00 p. m.

La lucha de la comunidad LGBT por la legalización del matrimonio entre sus miembros y la negativa del estamento conservador por permitirlo es, utilizando una expresión de Ortega, un tema de nuestro tiempo.

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Y también una de las grandes paradojas de nuestra era.  Y, para explicar el carácter paradójico o contradictorio de esta confrontación, es muy útil el concepto de “modernidad líquida,” del sociólogo polaco Zygmunt Bauman.  El mundo de Bauman está caracterizado por una globalización que cambia en forma rápida e imprevisible;  por un concepto de razón, definido como el autointerés y el utilitarismo individual, que ha colonizado prácticamente todas las esferas de la vida, incluyendo las relaciones humanas y la intimidad personal; y por un mundo en donde prevalecen las conexiones instantáneas del Internet y de las redes sociales.  En esta modernidad globalizada, cambiante y fluida, el individuo busca construirse una identidad flexible y versátil que pueda adaptarse a las distintas mutaciones que ha de enfrentar a lo largo de la vida, identidad que, al tiempo que es cambiante, es su única fuente de arraigo.

En esta sociedad líquida, el amor también se volvió líquido.  Las amistades y las relaciones amorosas también se han comoditizado y son el producto del análisis del costo-beneficio.  Para muchas personas, el viejo compromiso incondicional con otra persona, del tipo “hasta que la muerte nos separe, en las buenas y en las malas, en la riqueza y en la pobreza…” ha desaparecido y se asocia a una trampa que hay que evitar a toda costa.  Porque las personas tienen terror a comprometerse, quieren gozar de las delicias y de los júbilos de una relación, pero no asumir los costos que pueda tener en recortes de la libertad o del dinero.   Según Bauman, en lugar de relaciones de parentesco o de pareja, que implican compromiso mutuo, la gente de la modernidad líquida prefiere los vínculos como los de las redes sociales, que se pueden conectar o desconectar a voluntad.  Estas conexiones son virtuales, de fácil acceso y salida, parecen sensatas e higiénicas, fáciles de usar, en contraste con relaciones reales, que son formales, pesadas, lentas, inertes y complicadas.  Las relaciones líquidas son de bolsillo, fáciles de desechar o descartar y en ellas se trata de estar OK, estar “cool” o, como diríamos entre nosotros, estar chévere.  Pero jamás estar enamorado y menos apasionado, porque esto significada permanencia, continuidad, pérdida de la libertad o cadenas.  La modernidad líquida es la tragedia de unos seres humanos que claman por evadir la soledad y la inseguridad, luchan por estar juntos, pero temen las relaciones anudadas, para poder desatarlas rápidamente cuando las condiciones cambien, pero esas mismas conexiones de fragilidad les genera aún más inseguridad y soledad.  Contra este tipo de relaciones humanas características de la modernidad líquida, la comunidad LGBT exige, reclama y lucha por derechos que ya tienen otros ciudadanos, por un compromiso de largo plazo, sustentado por el derecho positivo, avalado por los representantes del Estado.  Claman estar dispuestos a sacrificar su libertad, a establecer compromisos duraderos y bien anudados, a compartir presupuestos, a asumir las consecuencias legales de la vida en pareja.  Es decir, en medio de una sociedad posmoderna, nihilista y líquida, hacen unas exigencias que, desde cierta perspectiva, cabrían en el conservadurismo más puro del siglo XIX.

Pero el estamento que formalmente reclama la defensa de las ideas conservadoras, les niega ese derecho.  Ciertamente, este es un tema de nuestro tiempo.  

 

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