La tasa de cambio en relación con el dólar volvió a subir, a pesar de que el Banco de la República salió a vender reservas internaciones y elevó, una vez más, la tasa de interés, y a pesar de que el precio del petróleo se acercó a US$50 por barril.
En su conjunto, estos hechos debieron apreciar el peso en relación con el dólar o al menos mantener su nivel, pero sucedió lo contrario y el viernes pasado la tasa de cambio se situó en unos $3.069 por dólar.
La mayoría de analistas explicó dicho comportamiento por sucesos externos, como la expectativa de mayores incrementos en las tasas de interés por la Reserva Federal de los Estados Unidos o por la volatilidad asociada al referendo en el Reunido Unido sobre su permanencia en la Unión Europea. Creo que estas explicaciones no son completamente convincentes, porque el mercado había anticipado que la Reserva Federal subiría tarde o temprano las tasas de interés y porque, aunque las encuestas no señalan con claridad el resultado del referendo del Reino Unido, no es evidente elucidar su efecto sobre nuestra tasa de cambio.
Si las consideraciones externas son, en el mejor de los casos, incompletas, habría que explicar, entonces, el comportamiento reciente de la tasa de cambio también por factores internos, argumento que se refuerza por el hecho de que el peso sufrió un devaluación mayor que el de otras monedas de la región.
Sin duda, la reforma tributaria es la principal incógnita que gravita sobre el sector empresarial y sobre los mercados financieros y de divisas. Aunque repetidamente el Gobierno ha anunciado su determinación de radicar el proyecto de reforma y lograr que el Congreso la apruebe este año, no hay claridad aún sobre su contenido y sobre la fecha de radicación.
Hasta hace unos meses, el proceso legislativo y la discusión de la tributaria estaban ligados a la evolución de los diálogos de La Habana pues, varias veces, el Gobierno afirmó que radicaría el proyecto solo después de la celebración del plebiscito. Y, como el proceso de negociaciones de paz tenía un cronograma secuencial muy claro de cuatro etapas (firma del acuerdo, refrendación popular, incorporación al ordenamiento jurídico e implementación), la postergación de la firma, inicialmente acordada para el 23 de marzo, y los anuncios recientes han creado incertidumbre, la cual se ha extendido a la fecha de radicación de la tributaria.
Dada la sensibilidad que existe entre el nivel de la tasa de cambio y la situación fiscal, es muy útil recordar las razones de una reforma tributaria. Primero, porque de no hacerse, el déficit podría subir hasta un 4,6 % del PIB y se incumpliría la regla fiscal. Segundo, porque el sector público debe contribuir al ajuste del déficit en cuenta corriente de la balanza de pagos, que está en un 6 % del PIB, un nivel insostenible en el tiempo. Tercero, porque la reforma tributaria debe ayudar a la competitividad del sector empresarial para incrementar la oferta de productos transables y, así, ayudar al ajuste externo. Y finalmente, porque estas son las consideraciones que han llevado a las calificadoras de riesgo a argumentar que bajarían el grado de inversión de Colombia si no se hace una buena reforma tributaria.
Por todas estas razones, el Gobierno debería radicar el proyecto a la brevedad y comenzar su discusión.