Como todo el país, Antioquia y su capital, Medellín, padecen aún muchos problemas, pero, comparada con lo que esa región vivió en los años ochenta y noventa, la situación ha mejorado significativamente.
En la economía, la transformación de antiguas empresas y la creación de otras nuevas le ha dado un dinamismo a Medellín y al departamento que hace mirar con optimismo el futuro. Las nuevas generaciones de empresarios tienen como referencia, no sólo el mercado nacional, sino el mundo y están convirtiendo a varias empresas en verdaderas multinacionales, al tiempo que también se han abierto a la inversión extranjera. A las antiguas líneas de negocios, como las confecciones, los alimentos, el cemento o las finanzas, se están sumando otras, entre las cuales sobresalen las del clúster de servicios médicos, en donde están floreciendo empresas de base tecnológica, como Corbic, que ha realizado innovaciones de talla mundial, como la angioplastia cardíaca robótica.
En la política se ha dado una verdadera transformación en las alcaldías de Medellín y en la Gobernación con la llegada de nuevos líderes que han sacudido la hegemonía de los partidos tradicionales. En la esfera de la cultura, una nueva generación de periodistas, escritores y artistas quiere superar la tradición de Vallejo, Mejía Vallejo, Botero. Pero, tan importante como dichas transformaciones, es el dinamismo que se percibe en sus universidades. Además de la calidad de las carreras tradicionales, estimula ver el número y la excelencia de los seminarios y publicaciones en las facultades de artes y humanidades, incluyendo la gran producción académica en diferentes áreas de la filosofía política. Abiertos a las discusiones de frontera que tienen lugar a nivel mundial, los temas tratados invitan a la reflexión sobre nuestras realidades y problemas. Qué estimulantes, por ejemplo, los libros recientes del profesor Jorge Giraldo Ramírez, decano de la Escuela de Ciencias y Humanidades de Eafit, sobre la utopía, tragedia y pluralismo en el pensamiento del filósofo e historiador de la ideas, Isaiah Berlin; o el del profesor Iván Darío Arango, del Instituto de Filosofía de la Universidad de Antioquia, sobre las dificultades de la democracia y la ética política; o el de la profesora Liliana López Lopera, de Eafit, sobre las relaciones y tensiones entre la libertad y la autoridad, la igualdad y los derechos.
Resalto la actividad académica en estos temas porque creo que se equivocan quienes argumentan que nuestras universidades deben minimizar las humanidades y las ciencias sociales y preocuparse sólo en formar ingenieros o administradores. Por supuesto que los necesitamos. Pero, aún para formar grandes innovadores, necesitamos que nuestras universidades preparen jóvenes que hablen varios idiomas, con buena expresión oral y escrita, que sepan trabajar en equipo, que aprendan a criticar razonadamente y a aceptar la crítica o que, en algún momento de la vida, se hayan hecho las grandes preguntas de la vida y enfrenten dilemas éticos. Pero, más importante que esto, una buena enseñanza de las humanidades y de las ciencias sociales es necesaria para que, con una educación integral, nuestras universidades también formen buenos ciudadanos. Sin olvidar, por supuesto, que la región aún enfrenta problemas muy graves, como la altísima tasa de homicidios o las pésimas carreteras, entre todos los cambios positivos que son evidentes en Medellín y en Antioquia, celebro también la dinámica y actividad de sus universidades en las artes, las humanidades y las ciencias sociales.