Es una gran paradoja histórica —y una injusticia— que a un gobierno que ha gastado gran parte de su capital político por sanar la que ha sido, quizá, la herida más gran grande y profunda del sector rural, le hayan armado un paro agrario.
Quizá las metas fueron inicialmente demasiado ambiciosas, pero, ¿cómo negar que, con la Ley de Víctimas y de Reparación de Tierras, este gobierno tuvo el coraje de atender a unas 300 mil familias desplazadas y afrontar el problema de unos dos millones de hectáreas despojadas?
Contra viento y marea, este gobierno también les ha metido la mano a otros problemas cuya solución no genera réditos políticos a corto plazo, sino problemas y enfrentamientos, como el revolcón al sector de la infraestructura, la liquidación del Inco, la creación de la ANI y la introducción de un nuevo modelo de concesión que enfureció a algunos contratistas —y a no pocos políticos— acostumbrados a un viejo esquema y a unas prácticas poco recomendables, como lo ha explicado el chileno Eduardo Bitrán.
¿Cómo no darle crédito porque ha tenido el valor de ponerles orden a las pensiones públicas, acelerando la consolidación de Colpensiones, aun al costo de reconocer un monto de recursos que ya se eleva a unos $43 billones del presupuesto nacional? Y, a todas estas medidas que no son populares, hay que agregarle, por supuesto, la difícil decisión y el arrojo de la negociación del fin del conflicto armado con las Farc y posiblemente con el Eln. ¿Se han cometido errores? Sin duda.
Para sólo mencionar el trámite de la ley de reforma a la justicia o el desorden de Colciencias, una institución que es muy importante para quienes consideramos que la ciencia, la tecnología y la innovación deben ser un motor central del desarrollo del país. Pero, más allá de estos errores, ¿por qué una parte de la opinión pública no percibe y no da crédito a un gobierno que está solucionando problemas estructurales del país? Fundamentalmente por dos motivos. Primero, el mismo gobierno no ha sido claro con su narrativa de visión de país y de sus realizaciones.
De la propuesta de las “locomotoras”, del plan nacional de desarrollo, pasamos a la “distribución de la mermelada”, luego al “pipe” y lo último que hemos escuchado es el eslogan de “un país justo, moderno y seguro”. Pero, tanto o más delicado que la falta de una narrativa consistente con las políticas y realizaciones, no se percibe a todo el equipo de gobierno explicando, defendiendo y jugándosela por el presidente y por las realizaciones de su gobierno. Algunos ministros son francamente desconocidos y otros parecen jalar sólo para su lado.
También existe la sensación de que al presidente no lo han arropado adecuadamente los partidos de la coalición, pues no se ha visto a sus jefes defendiendo al gobierno y explicando sus políticas. Y, justo en medio de la peor crisis de estos tres años, hemos visto estupefactos como uno de los partidos de la Unidad Nacional decide cursar una moción de censura para tumbar a la canciller. Afortunadamente las crisis también sirven para decantar las situaciones y, aun en medio de la confusión, da confianza percibir que las entidades del Estado, del sector privado y la casi totalidad de los colombianos cierran filas para defender las instituciones y los grandes intereses de la nación.