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Bush, el fracaso de una certeza

17 de agosto de 2008 - 07:10 p. m.

PASADA LA CAMPAÑA ELECTORAL Y cuando los Estados Unidos cuenten con un nuevo presidente, comenzará en firme la evaluación de la presidencia de George W. Bush.

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La pregunta no será si la suya fue una buena o mala presidencia. Eso ya está claro. Existe un consenso casi generalizado, dentro y fuera de ese país, en el sentido de que la presidencia del segundo Bush ha sido una de las peores en la historia de los Estados Unidos.

La pregunta, entonces, buscará responder por qué fue tan mala. En particular, habrá que entender cómo uno de los capitales políticos más grandes con que haya contado jamás un presidente de los Estados Unidos se dilapidó en forma inmisericorde. Efectivamente, después de los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, los Estados Unidos recibieron una solidaridad pocas veces vista.

Dentro del país la favorabilidad del Presidente saltó a más del 90%, en tanto que, alrededor del mundo, millones de personas se lanzaron a las calles a protestar contra Al Qaeda y muchos otros se acercaron a las sedes diplomáticas de los Estados Unidos a escribir en los libros de condolencias “yo también soy norteamericano”. Hasta en Cuba decenas de miles de personas caminaron por el Malecón condenando el atroz atentado.

Fue imposible dejar de derramar lágrimas, cuando en el crepúsculo de ese 11 de septiembre, sobre las gradas del capitolio, cientos de parlamentarios de los dos partidos norteamericanos, confundidos con ciudadanos del común, entonaron en forma espontánea el Amazing Grace. Como en el verso de Donne, las campanas no doblaron sólo por los muertos de las Torres Gemelas y del Pentágono. Doblaron por todos los hombres y mujeres del mundo. Doblaron por todos nosotros.

Pero Dick Cheney, Donald Rumsfeld, Paul Wolvovitz y Karl Rove no lo entendieron así. Creyeron que su momento había llegado. Era el momento para imponer una visión estrecha y maniquea del país y del mundo. Era el momento para nombrar magistrados y jueces de una sola orientación ideológica, para reducir los impuestos a los multimillonarios, para desregular al sector financiero, para expulsar a Darwin e introducir el creacionismo en los colegios para atacar a las academias nacionales de ciencias. Y para acusar como antinorteamericano a quien se atrevía a disentir de esta visión de las cosas. Y la guerra llegó.

Y, sin haber concluido la tarea contra Osama bin Laden lanzaron otra guerra, contra el régimen de Saddam Hussein que tampoco ha terminado. Y llegaron los miles de muertos y heridos. Y llegó también el desastre del sector financiero y la explosión del déficit fiscal y la caída del crecimiento económico, y se manifestó la incompetencia oficial para ayudar a las víctimas de Katrina. Y llegó también el desplome del Presidente en las encuestas de opinión y cayó el prestigio de los Estados Unidos alrededor del mundo.

Pero, más allá de políticas fallidas, las que fracasaron fueron las ideas de una secta que se creyó poseedora de una verdad definitiva, de una certeza. De una arrogancia y de un sentido de superioridad moral que les permitía plantear respuestas simplistas a problemas complejos, despreciando las consideraciones del Congreso, de sus científicos, de sus centros de opinión, de sus artistas, ignorando aún las opiniones respetuosas de los países amigos.

Quienes hemos vivido y contamos con amigos entrañables en ese país, quienes admiramos su historia y sus instituciones, esperamos que la nueva administración retorne a la tradición humanista, incluyente, plural y respetuosa de las ideas que lo hizo grande y respetable. Para bien de los Estados Unidos y del mundo entero.

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