El profesor Lauchlin Currie argumentaba que uno de los problemas de la humanidad era la proliferación de los especialistas, gente que sabe mucho de un solo tema, pero ignora las demás disciplinas y, más grave aún, es incapaz de ver la relación entre, por ejemplo, la economía y la política, o entre éstas y las ciencias naturales. “Se están acabando los generalistas”, se lamentaba el profesor Currie, y tenía toda la razón.
Por esta razón, es de celebrar la aparición del libro-ensayo ¿Por qué fracasa Colombia? (Planeta, 2015), del escritor Enrique Serrano, en el que hace una interpretación general sobre los rasgos más característicos del país y de los colombianos. Es un ejercicio atrevido, pero valioso, quizá más por las preguntas que suscita y por el debate que genera, que por sus respuestas. Dentro de su generalidad, Serrano enfatiza en los rasgos culturales de los colombianos y, para comenzar, afirma que existe una forma de ser y de pensar que, en gran medida, nos define, nos diferencia y nos condiciona hacia el futuro. Si para Octavio Paz lo que define a los mexicanos es una profunda soledad y un miedo terrorífico a darse a conocer, para Enrique Serrano el nuestro es un país de desconfiados, de gente que pasa de agache, de mediocres y conservadores incapaces de lograr acuerdos. Según el autor, la clave para entender esta forma de ser está en el momento mismo de la Conquista, con la cultura del pueblo que vino de España, conformada principalmente por cristianos nuevos, antiguos judíos y moros humillados en su país de origen, marcados por su mancha de sangre, quienes nos trajeron la lengua, pero que llegaron el país como un escape, como un refugio, y se asentaron a vivir escondidos, a pasar de agache con una desconfianza sempiterna.
¿Será, sin embargo, que eso fue todo lo que nos quedó de la Conquista y la Colonia? ¿No heredamos nada de las culturas indígenas y de la población negra? ¿Qué explica, por ejemplo, algo tan importante como la proliferación de santos y vírgenes en los imaginarios, costumbres y símbolos de los colombianos? Así como Tonantzin se transmutó en la Virgen de Guadalupe, ¿no serán tantas vírgenes y santos transmutaciones de dioses sin nombre que retornan a donde alguna vez fueron obedecidos por seres temerosos?
Por otro lado, contra una historiografía muy difundida, Serrano argumenta con razón que Colombia no ha sido siempre un país violento, pero eso ya lo había planteado con mucha fuerza Malcolm Deas. Me parece muy pertinente el énfasis que hace en el carácter vacío de, por lo menos, la mitad del territorio, que sólo muy recientemente hemos comenzado a colonizar, pero se queda corto en elaborar las consecuencias políticas y sociales de esa interminable expansión de las fronteras interiores.
Pero, quizás, el déficit más grande de este ensayo radica en la ausencia de análisis comparativos con otras sociedades. En esto, el libro La nación soñada, de Posada-Carbó, es insuperable al argumentar que, desde el inicio mismo de la república, los colombianos decidimos tener a civiles como gobernantes, los elegimos por medios electorales y logramos que hicieran un uso limitado del poder. En un continente en donde prevaleció el caudillo, el autócrata y el dictador militar, nuestro sistema político pudo ser producto de la desconfianza y del conservadurismo, pero jamás un signo de mediocridad.