El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Crónica de los años sesenta

31 de agosto de 2014 - 10:22 p. m.

Con el libro Años Sesenta: una revolución en la cultura, y en casi 400 páginas, Álvaro Tirado Mejía presenta una crónica fascinante de las transformaciones en la cultura, las relaciones internacionales, la Iglesia católica y los medios de comunicación en el mundo.

PUBLICIDAD

Pero también los cambios que estas transformaciones propiciaron en nuestro país, influyendo directamente o chocando con tradiciones e instituciones y dinámicas internas.

La síntesis entre estos choques externos y locales fue, sin duda, una de las décadas más dinámicas, creativas y modernizadoras que ha tenido Colombia. Porque en los años sesenta crece la economía, se expanden las ciudades y la población, y se dispara la migración desde el campo.

En las capitales se fundan revistas literarias, galerías de arte, cineclubes y grupos de teatro. Llegan la música rock y la canción protesta, irrumpen nuevas corrientes literarias y culturales, emerge la llamada Nueva Historia, se consagran escritores de alcance universal y se consolida un grupo de pintores y escultores notables, sube la matrícula en todos los niveles de la educación, se modernizan los viejos esquemas universitarios, proliferan diversas corrientes del marxismo, las mujeres entran masivamente a la universidad y a la fuerza laboral y, por fin, comienzan a ser dueñas de sus cuerpos y de su sexualidad.

Y todo esto surge y se expande ¡durante el Frente Nacional! Aunque no era su propósito, yo hubiese querido que este libro nos dijera qué quedó de esta explosión de cambios y transformaciones una vez que se calmaron las aguas y, para ello, quizá, debió incluir un capítulo de análisis político. Entre otras razones, porque en todos los capítulos ya hay referencias y valoraciones de tipo político.

Por ejemplo, Tirado ilustra la reacción de los sectores más reaccionarios de los partidos y de la Iglesia a las nuevas ideas o a las nuevas corrientes culturales o a la píldora anticonceptiva, pero también muestra la aparición de los nuevos censores de izquierda, tan intransigentes como los obispos decimonónicos, que sabotean películas y obras de teatro por revisionistas y reformistas y también combaten el control natal. Y, más pronto que tarde, algunos proclaman la violencia armada y no dudan en fusilar a sus mismos compañeros de viaje.

En el lado del activo del balance que dejaron los años sesenta, quizá, habría que incluir cosas como la liberación de la mujer, la buena literatura y pintura, el teatro y algunos temas que Tirado no incluye, como la consolidación del ciclismo nacional.

Pero en el lado del pasivo también está el comienzo incipiente del tráfico de drogas ilícitas, pero, sobre todo, el freno que el modelo de la Revolución cubana y los sectores más conservadores imponen al reformismo liberal. Además, no cabe duda que la violencia de los diferentes grupos guerrilleros que se fundaron en los sesenta explica, en gran medida, la derechización del país. Esta tendencia se acentúa cuando el Partido Comunista acoge e incluye en sus textos constituyentes, en 1966, el principio rector de la llamada “combinación de todas las formas de lucha”, legitimando así la idea de que es lícito matar a otros colombianos para lograr los fines políticos.

Quizá este es el peor legado de los años sesenta. Pero también es un hecho evidente que, después de medio siglo, el proyecto de la toma del poder por medio de las armas fue un fracaso descomunal.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias