EN UN CONVINCENTE ARTÍCULO, LA escritora y consultora política Naomi Wolf, nos alerta sobre los peligros de la emergencia y difusión masiva de numerosas teorías conspirativas.
Pone varios ejemplos de teorías conspirativas en los Estados Unidos, como la que argumenta la supuesta conjura de unas élites globales, organizadas en torno al llamado Grupo de Bilderberg o por el Council of Foreign Relations, para establecer un gobierno mundial, controlado por ellos mismos, o por los masones, o por los ex becarios Rhodes o por los judíos. Para poner otro ejemplo, cita la teoría según la cual los ataques de Al Qaeda a las Torres Gemelas fueron organizados “desde adentro”, o, como cree mucha gente en los países musulmanes, por los israelíes, razón por la cual se dice que todos los judíos que trabajaban en las torres se quedaron ese día en sus casas.
Como ha sucedido muchas veces en el pasado, la señora Wolf argumenta que este tipo de teorías emergen y llegan a tener mucha aceptación cuando se produce un rápido cambio social y mucha incertidumbre económica. O cuando la gente pierde la confianza en los gobernantes. También argumenta que dichas teorías se diseminan más fácilmente entre la gente menos educada. Dice que un muy bien definido “enemigo” con un muy establecido “plan” es, psicológicamente, mucho más consolador y, en alguna medida, esperanzador que la evolución caótica de las normas sociales y las oscilaciones de la economía capitalista. Pero lo más grave no es eso. Según ella, en tanto dichas teorías ofrecen respuestas casi siempre irracionales, las preguntas que realizan tienen, muchas veces, un alto grado de racionalidad. Por eso hay que considerar con seriedad este fenómeno.
Si estas teorías conspirativas han tenido arraigo en sociedades llamadas desarrolladas, no es de extrañar que se difundan en una sociedad poco educada, sujeta ahora a incertidumbre económica, como la nuestra. Las más recientes teorías conspirativas están relacionadas con el derrumbe de las pirámides financieras. Me han llegado numerosos correos electrónicos con “explicaciones” de dicha caída, narrativas que son, naturalmente, falsas y están siendo también estimuladas por los promotores de ese tipo de entidades. Transmitidas también de boca en boca, se ajustan exactamente a la receta que plantea la señora Wolf: hay un bien definido enemigo: el Gobierno, los dueños de la banca, los propietarios de los canales y noticieros de la televisión; con un bien definido plan: quitarle la posibilidad de riqueza al pueblo.
Se dice que a los ricos y al Gobierno no les conviene que el pueblo se enriquezca y que deje de depositar sus ahorros en el sector financiero tradicional. Según esta teoría conspirativa, la caída final de DRFE fue el resultado coordinado de un flujo de noticias en la televisión sobre quiebras de las empresas captadoras de dinero, montadas por los mismos bancos y noticieros de televisión para hacerlas fracasar. Se dice también que los disturbios y saqueos fueron estimulados, no por los inversionistas de DRFE, sino también por los dueños de los bancos y los medios de comunicación y por las Fuerzas Militares y de Policía. Estas últimas, supuestamente, se encargaron de bloquear el transporte de dinero para que DRFE no pudiera pagar.
Por ser falsas, este tipo de teorías no hay que tomarlas con ligereza. Precisamente, porque mucha gente está creyendo en ellas. Para las autoridades, no hay alternativa diferente a explicar, en un lenguaje claro y sencillo, la naturaleza de la creación, desarrollo y crisis de las pirámides. También hay que explicar y, sobre todo, aceptar los errores que se cometieron.