Días antes del anuncio de un cese al fuego definitivo con las Farc y ante la inminencia del acuerdo final, es muy útil recordar dos concepciones del mundo que, de una u otra forma, han determinado —y seguirán determinando— el devenir de muchos países y, por supuesto, de Colombia.
Para los marxistas y los populistas, la riqueza de una sociedad tiene tres características. Primera, es algo inmutable e indestructible, independientemente de quién la administre, ya sean las fábricas, entidades financieras, unidades productivas del campo o cadenas comerciales. Segunda, además de inmutable, los marxistas y los populistas conciben un aumento de la riqueza y del ingreso de unas personas como un despojo a los trabajadores, a los obreros o a los campesinos. Si alguien incrementa sus activos o sus ingresos es porque se los quitó a otros. Vista en esta forma, entonces, la riqueza es “un juego de suma cero”, donde sólo hay ganadores por un lado, y perdedores por el otro.
Esta visión es consistente con un pensamiento político y social binario o dicotómico, de enfrentamiento entre ricos y pobres, dueños y empleados, explotadores y explotados, buenos y malos, amigos y enemigos. De allí se desprende una tercera característica de esta concepción, según la cual, después de esta lucha de clases, sobrevendrá una solución final y definitiva a todos los problemas, una Arcadia, un paraíso terrenal. Esta es la concepción que guió a los países de la Cortina de Hierro y ha guiado a regímenes como los de Cuba y Venezuela.
Contraria a esta concepción marxista y populista, existe un pensamiento que, un poco arbitrariamente, voy a definir como liberal demócrata o social demócrata. Según esta concepción alternativa, la riqueza no es algo inmutable y fija, ya que se puede administrar bien y, por lo tanto, puede crecer, generar más empleo e ingreso, pero también se puede administrar mal y, como consecuencia, decrecer. Para quienes así concebimos la sociedad, el sector privado administra mejor la economía de mercado y el Estado hace mejor las tareas de generar y administrar bienes públicos, como seguridad, justicia y tributación.
En segundo lugar, el pensamiento liberal o socialdemócrata considera que la economía es un juego de suma positiva o negativa. Es decir, la mayor riqueza puede beneficiar no sólo a los dueños de las fábricas o del comercio, sino también a los trabajadores, a los empleados y al mismo Estado con la generación de mayor recaudo de impuestos. En forma simétrica, una crisis económica o una mala política económica puede destruir la riqueza, afectando tanto a los dueños de los activos como a los trabajadores y sus familias. Sin eliminar las contradicciones que puedan existir, esta concepción plantea un amplio espacio de colaboración entre dueños, administradores, trabajadores, empleados y el Estado.
Finalmente, esta concepción visualiza el futuro como algo, no sólo impredecible, sino abierto y siempre cambiante, sin solución final y definitiva. Las democracias liberales de occidente han sido guiadas por esta última concepción y, en gran medida, esta ha sido también la filosofía política que ha permeado nuestros textos constitucionales y las ideologías de nuestras principales organizaciones políticas y de la sociedad civil.
Está en nuestras manos que avance y se consolide entre nosotros esta concepción, sin duda algo escéptica, pero también abierta, no confrontacional y que pondera la responsabilidad individual de todos y cada uno de los colombianos.