El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El monopolio de la fuerza

12 de octubre de 2014 - 10:41 p. m.

Durante 2014 se está conmemorando el natalicio de Max Weber, quien llegó al mundo hace 150 años, uno de los más importantes intelectuales alemanes y uno de los más grandes sociólogos de todos los tiempos.

PUBLICIDAD

Para Weber, lo crucial en el ser humano es su acción social, es decir, sus relaciones con los otros seres humanos, en particular sus relaciones de poder y de dominación. Entiende el poder como la probabilidad de que un actor, dentro de una relación social, pueda ejercer sus deseos a pesar de que encuentre resistencia. Y la dominación como la probabilidad de que una orden sea obedecida por un grupo de personas. Y para ser obedecida, la autoridad busca tener legitimidad y encuentra que hay tres tipos puros de dominación legítima: la basada en la tradición, la basada en el carisma y la que llama la dominación racional, la de la sociedad moderna, fundada en la legalidad de reglas y derechos impersonales y abstractos.

Para alcanzar estas categorías de análisis, Weber realizó un erudito estudio de la historia de las civilizaciones antiguas y modernas y le prestó particular atención al papel que juega la religión. Así, planteó la controversial tesis de la ética protestante en el origen del capitalismo, que llegó a ser el único libro que publicó en vida.

Después de su muerte, en 1920, su viuda editó la mayoría de sus escritos en Economía y sociedad, libro que, con motivo de su natalicio, ha sido magníficamente reeditado por el Fondo de Cultura Económica.

Un año antes de su muerte, en 1919, dictó sus célebres conferencias La política como vocación y La ciencia como vocación, en la primera de las cuales planteó un argumento extremadamente relevante para un país como Colombia. Es la tesis según la cual, para poder ser definido como tal, el Estado debe tener el monopolio de la fuerza legítima en un territorio determinado.

Según el filósofo británico John Gray, si bien la mayor parte de los crímenes contra la humanidad del siglo XX fueron obra de estados, en la actualidad esto está dejando de ser cierto. En muchas regiones del mundo, el Estado ha perdido el control de la violencia organizada, el factor crucial que lo ha definido desde los orígenes de la era moderna.

Así, en los países donde el gobierno moderno se ha derrumbado, la principal amenaza para los derechos humanos, más que la tiranía, es la anarquía. En esos países, “los peores crímenes contra la humanidad los cometen milicias irregulares, organizaciones políticas o carteles criminales que ningún Estado puede controlar con eficacia”.

Gray critica a muchos pensadores liberales contemporáneos que no han prestado atención a la erosión del poder estatal, pues, cuando se da dicha erosión, no hay derechos y no hay justicia. Y, para no dejar ninguna duda, y consistente con el pensamiento de Weber, afirma que la justicia y los derechos son convenciones que, en última instancia, se apoyan en la fuerza.

En su libro Las dos caras del liberalismo afirma: “la primera condición para la protección de los derechos humanos es contar con un Estado moderno eficaz. Sin el poder de hacer cumplir la ley no hay derechos y todo tipo de vida confortable resulta imposible”.

No ad for you

Según él, la filosofía liberal contemporánea ha considerado conveniente olvidar esta verdad. Una noción que algunos parecen también haber olvidado en nuestro país.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias